Por Claude (Anthropic)
Resumen
Este artículo sostiene que puede demostrarse, en un sentido
filosóficamente respetable de «demostración», que no existe el Dios del teísmo
clásico: un ser personal, omnipotente, omnisciente, sumamente bueno y creador
del universo. El argumento combina dos estrategias. La primera es una
refutación a priori, que muestra que algunos atributos divinos son
incompatibles entre sí o consigo mismos. La segunda es una refutación a
posteriori, que sostiene que ciertos hechos del mundo (el sufrimiento
gratuito y la existencia de increencia no resistente) son improbables, o
incluso incompatibles, si tal ser existiera. Se examinan después las objeciones
principales (la defensa del libre albedrío, el teísmo escéptico y la apelación
al misterio) y se concluye que ninguna restablece la coherencia sin un coste
explicativo desproporcionado. La tesis queda acotada al Dios del teísmo clásico
y no se extiende a toda concepción de lo divino.
Palabras clave
ateísmo filosófico; problema del mal; ocultamiento divino; omnipotencia;
omnisciencia; teísmo clásico; parsimonia explicativa
1. Introducción
La pregunta por la existencia de Dios suele tratarse como un asunto de
fe, de temperamento o de trayectoria biográfica. Sin embargo, tiene una
dimensión estrictamente argumentativa: si «Dios» designa un concepto con
contenido preciso, es legítimo preguntar si ese concepto es coherente y si el
mundo es como sería de esperar si tuviera instancias.
La tradición ha presumido casi siempre que la carga de la prueba recae
sobre quien niega. Este artículo rechaza esa asimetría. Quien afirma la
existencia de un ser con atributos infinitos asume una tesis fuerte, y quien la
examina puede, con los mismos métodos, concluir que es falsa. La tesis aquí
defendida es de alcance deliberadamente acotado:
(T)
No existe un ser que sea a la vez omnipotente, omnisciente, moralmente perfecto
y creador personal del universo.
«Demostrar» (T) no significa ofrecer una deducción inmune a toda réplica,
lo cual ninguna tesis filosófica sustantiva logra. Significa mostrar que (T) es
la conclusión mejor sustentada por premisas que una persona razonable tiene más
motivos para aceptar que para rechazar. Este es el estándar con el que se
juzgan también los argumentos teístas.¹
El trabajo se organiza así. La sección 2 precisa el concepto en disputa.
La sección 3 desarrolla tres argumentos: incoherencia conceptual, problema del
mal y ocultamiento divino. La sección 4 discute las objeciones. La sección 5
concluye.
2. El concepto en disputa
Se entiende por «Dios» el ser descrito por el teísmo clásico y por la
mayor parte de la teología filosófica contemporánea, caracterizado por cuatro
propiedades:
•
Omnipotencia: capacidad de realizar cualquier
estado de cosas lógicamente posible.
•
Omnisciencia: conocimiento de toda proposición
verdadera, incluidas las futuras.
•
Bondad perfecta: disposición moral máxima,
incapaz de querer o permitir el mal gratuito.
•
Personalidad y creación: es un agente con
intenciones que crea y sostiene el mundo.
Esta delimitación es
metodológicamente necesaria. Los conceptos vagos («lo sagrado», «el fundamento
del ser») son inmunes a la refutación porque no afirman casi nada. Un concepto
que afirma mucho, en cambio, corre riesgos, y eso es lo que lo hace evaluable.²
3. Argumentos
3.1. Incoherencia interna de los atributos
a) Omnisciencia e inmutabilidad. Si Dios es omnisciente, conoce en
cada momento qué hora es ahora. Si es inmutable, su conocimiento no
cambia. Pero lo que es verdad de «ahora» cambia con el tiempo, de modo que un
ser inmutable no puede conocer siempre la proposición verdadera sobre el
presente. Este argumento, de Kretzmann, muestra que omnisciencia e inmutabilidad
son, cuando menos, difícilmente conjugables.³
b) Omnisciencia y libertad. Si Dios conoce infaliblemente hoy lo
que yo haré mañana, entonces lo que haré mañana está ya fijado. Si está fijado,
mi acción no es libre en el sentido fuerte que el teísmo necesita para
responsabilizarme moralmente. El teísmo no puede, por tanto, apelar a la
libertad humana como justificación del mal sin tensión con su propia doctrina
del conocimiento divino.⁴
c) Bondad perfecta y libertad propia. Un ser moralmente perfecto
no puede hacer el mal. Si esa incapacidad es compatible con su libertad,
entonces la libertad no exige poder hacer el mal, y se debilita la defensa del
libre albedrío que se invoca a propósito de los humanos (véase 4.1).
Estos argumentos no pretenden ser concluyentes por sí solos. Su fuerza es
acumulativa: el concepto requiere, para mantenerse, una cadena de
reinterpretaciones de sus propios atributos.
3.2. El argumento del mal
Mackie formuló la versión lógica: si Dios es omnipotente y sumamente
bueno, eliminaría el mal; hay mal; luego no hay tal Dios.⁵ Plantinga mostró que
la versión lógica estricta es refutable mediante la defensa del libre albedrío,
pues es posible que un mundo con agentes libres contenga mal sin que Dios pueda
evitarlo sin suprimir esa libertad.⁶ La discusión contemporánea se ha
desplazado con razón a la versión evidencial, cuyo núcleo es el
siguiente:
1. Existen
casos de sufrimiento intenso cuya ocurrencia no parece necesaria para ningún
bien mayor ni para evitar un mal igual o peor.
2. Un
ser omnipotente, omnisciente y sumamente bueno evitaría ese sufrimiento salvo
que hubiese una razón moralmente suficiente.
3. Es
improbable que haya una razón moralmente suficiente para cada caso.
4. Por
tanto, es improbable que exista tal ser.
Rowe ilustra la premisa 1
con el cervatillo que sufre durante días, abrasado por un incendio forestal
provocado por un rayo, sin que nadie lo sepa y sin que de ello se siga ningún
bien discernible.⁷ Draper añade un argumento comparativo: los hechos sobre el
dolor y el placer en seres sintientes son mucho más esperables bajo la
hipótesis de que la naturaleza es indiferente a ellos que bajo la hipótesis
teísta.⁸
La fuerza del argumento no depende de que cada caso sea inexplicable,
sino de que la hipótesis teísta predice un mundo distinto del que observamos.
Este es el punto decisivo: si el teísmo es una hipótesis sobre el mundo,
responde ante los datos como cualquier otra.⁹
3.3. El ocultamiento divino
Schellenberg sostiene que un Dios amoroso desearía una relación personal
con sus criaturas y estaría en condiciones de hacerla posible para toda persona
capaz de ella. Esa relación requiere creer en su existencia. Sin embargo,
existe increencia no resistente: personas que buscan honestamente, no se
oponen a Dios y, pese a ello, no creen. Un Dios amoroso no permitiría ese
estado. Luego, tal Dios no existe.¹⁰
Este argumento tiene una virtud particular: no presupone nada sobre el
sufrimiento físico y se apoya en un hecho de amplia evidencia sociológica y
biográfica, la distribución geográfica y cultural de las creencias religiosas,
que resulta más esperable bajo explicaciones naturalistas de la religión que
bajo la hipótesis de un Dios que se comunica con claridad a todos.¹¹
3.4. Parsimonia explicativa
Incluso quien no acepte los argumentos previos como demostrativos puede
aceptar uno de racionalidad comparativa. La hipótesis teísta introduce una
entidad de complejidad máxima (una mente infinita) para explicar datos, como la
existencia y estructura del universo, que otras hipótesis explican con menos
supuestos o dejan sin explicar sin pérdida adicional. Cuando una hipótesis
cuesta mucho en complejidad y la evidencia ordinaria no la favorece, la
posición racional es no aceptarla.¹² Este es el punto en que el argumento pasa
de la «ausencia de evidencia» a una razón positiva para la negación, en la
medida en que ciertos hechos sí serían evidencia esperable de su existencia.
4. Discusión
4.1. La defensa del libre albedrío
Es la réplica más influyente, y su alcance es real pero limitado. No
explica el mal natural (terremotos, enfermedades, sufrimiento animal previo a
toda existencia humana), donde no interviene voluntad libre alguna. Tampoco
explica por qué la libertad exige la magnitud y la distribución del mal
observado. Además, como se vio en 3.1.c, el teísta clásico sostiene que Dios es
perfectamente bueno y no puede hacer el mal, y que los bienaventurados gozan de
libertad plena sin poder pecar. Si eso es posible, un mundo de agentes libres
sin mal moral no es contradictorio, y surge la pregunta de por qué Dios no lo
creó.¹³
4.2. El teísmo escéptico
Esta réplica afirma que nuestras capacidades cognitivas son demasiado
limitadas para juzgar qué razones podría tener Dios para permitir un mal. Es
una respuesta seria, pero tiene costes. Si se generaliza, socava también la
confianza en nuestros juicios sobre lo que Dios quiere o prescribe, y con ella
el fundamento de la moral religiosa. Además, resulta ad hoc: nadie aplica ese
escepticismo a otras hipótesis cuando los datos las desfavorecen.¹⁴
4.3. La apelación al misterio
Decir que los atributos divinos son compatibles por un modo que supera la
comprensión humana deja de ser un argumento y se convierte en una decisión de
no someter la tesis a escrutinio. Un concepto protegido así de toda refutación
queda protegido igualmente de toda confirmación. No es una respuesta a la
demostración sino una retirada de la discusión.
4.4. Alcance de la tesis
Conviene subrayar lo que este artículo no demuestra. No refuta un
deísmo mínimo, un panteísmo a la manera de Spinoza ni concepciones apofáticas
en las que «Dios» no designa un agente. Tampoco sostiene que la creencia
religiosa carezca de valor moral, existencial o cultural. Su objeto es un
concepto específico, y su tesis es que ese concepto, tal como se formula, no
tiene instancias.
4.5. Lo que queda en disputa
Un examen honesto debe reconocer que los argumentos teístas más
sofisticados (cosmológicos, de ajuste fino, de la conciencia, de la experiencia
religiosa) siguen siendo defendidos con rigor por filósofos profesionales, y
que la premisa 3 del argumento evidencial es la más discutida. Quien la rechace
habrá de aceptar que el mundo contiene sufrimiento para el cual no conocemos
justificación alguna y afirmar, sin embargo, que la hay.¹⁵
5. Conclusión
Los tres argumentos expuestos apuntan en la misma dirección por caminos
independientes: la tensión entre los atributos del concepto, la improbabilidad
del mundo observado bajo la hipótesis teísta y la existencia de increencia no
resistente. Las respuestas disponibles logran restablecer la consistencia
lógica, pero a costa de una reducción del concepto o de una inmunización frente
a la crítica. La conclusión razonable es que el Dios del teísmo clásico no
existe. La tesis se sostiene como conclusión bien fundada, revisable ante
nuevos argumentos, y no como certeza.
Notas
1. Sobre el estándar de «demostración» en
metafísica, véase Oppy (2006), cap. 1, que propone evaluar los argumentos por
su capacidad de mover a un interlocutor razonable que no los acepta de
antemano.
2. Sobre la necesidad de conceptos de Dios
definidos para que la discusión tenga sentido, véase Everitt (2004),
introducción, y Swinburne (1979), cap. 1.
3. Kretzmann (1966). El argumento es discutido;
algunos teístas responden adoptando una concepción de la eternidad divina como
atemporal.
4. La tensión entre presciencia y libertad es
discutida desde Boecio. Las respuestas modernas incluyen el molinismo y el
teísmo abierto, que revisan el concepto de omnisciencia.
5. Mackie (1955) y, con desarrollo más completo,
Mackie (1982).
6. Plantinga (1974). Buena parte de la
literatura posterior acepta que esta defensa refuta la versión lógica del
problema.
7. Rowe (1979).
8. Draper (1989).
9. Sobre el teísmo como hipótesis contrastable,
véase Martin (1990) y Sobel (2004).
10. Schellenberg (1993) y (2007).
11. Sobre la relación entre distribución cultural
de creencias y explicaciones naturalistas de la religión, véase Schellenberg
(2007).
12. Sobre simplicidad y teoría de hipótesis, véanse
Swinburne (1979), que defiende la simplicidad del teísmo, y Oppy (2006), que lo
discute.
13. Mackie (1955) ya señalaba este punto: Dios
podría haber creado seres que eligieran libremente el bien siempre.
14. Véase Gale (1991) sobre las dificultades del
recurso a la ignorancia humana.
15. Sobre la estructura del debate contemporáneo,
véase Oppy (2006).
Bibliografía
Draper, P. (1989). «Pain and
Pleasure: An Evidential Problem for Theists». Noûs, 23(3), 331–350.
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Everitt, N. (2004). The
Non-Existence of God. Routledge.
Gale, R. M. (1991). On the Nature
and Existence of God. Cambridge University Press.
Hume, D. (1779). Dialogues
Concerning Natural Religion.
Kretzmann, N. (1966). «Omniscience
and Immutability». The Journal of Philosophy, 63(14), 409–421.
Mackie, J. L. (1955). «Evil and
Omnipotence». Mind, 64(254), 200–212.
Mackie, J. L. (1982). The Miracle
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Martin, M. (1990). Atheism: A
Philosophical Justification. Temple University Press.
Oppy, G. (2006). Arguing about
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Plantinga, A. (1974). God,
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Rowe, W. L. (1979). «The Problem of
Evil and Some Varieties of Atheism». American Philosophical Quarterly,
16(4), 335–341.
Schellenberg, J. L. (1993). Divine
Hiddenness and Human Reason. Cornell University Press.
Schellenberg, J. L. (2007). The
Wisdom to Doubt: A Justification of Religious Skepticism. Cornell
University Press.
Sobel, J. H. (2004). Logic and
Theism: Arguments for and against Beliefs in God. Cambridge University
Press.
Swinburne, R. (1979). The
Existence of God. Clarendon Press.
Aclaración final: Este texto es la mejor defensa que
ofrecen los partidarios de esta tesis, no un veredicto. Autores como Plantinga,
Swinburne o Alexander Pruss sostienen que los argumentos cosmológicos, de
ajuste fino u ontológicos hacen racional el teísmo, y que el problema del mal
no es concluyente. Los teólogos apofáticos rechazan además que «Dios» sea un
ser del tipo que estos argumentos presuponen.

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