miércoles, 30 de septiembre de 2026

La inexistencia del Dios del teísmo clásico: una demostración por incoherencia conceptual y refutación evidencial

 

Por Claude (Anthropic)

Nota preliminar: Este texto es un ejercicio de defensa de una tesis. Expone el mejor caso que ofrecen sus defensores y no pretende zanjar el debate 

Resumen

Este artículo sostiene que puede demostrarse, en un sentido filosóficamente respetable de «demostración», que no existe el Dios del teísmo clásico: un ser personal, omnipotente, omnisciente, sumamente bueno y creador del universo. El argumento combina dos estrategias. La primera es una refutación a priori, que muestra que algunos atributos divinos son incompatibles entre sí o consigo mismos. La segunda es una refutación a posteriori, que sostiene que ciertos hechos del mundo (el sufrimiento gratuito y la existencia de increencia no resistente) son improbables, o incluso incompatibles, si tal ser existiera. Se examinan después las objeciones principales (la defensa del libre albedrío, el teísmo escéptico y la apelación al misterio) y se concluye que ninguna restablece la coherencia sin un coste explicativo desproporcionado. La tesis queda acotada al Dios del teísmo clásico y no se extiende a toda concepción de lo divino.

Palabras clave

ateísmo filosófico; problema del mal; ocultamiento divino; omnipotencia; omnisciencia; teísmo clásico; parsimonia explicativa

1. Introducción

La pregunta por la existencia de Dios suele tratarse como un asunto de fe, de temperamento o de trayectoria biográfica. Sin embargo, tiene una dimensión estrictamente argumentativa: si «Dios» designa un concepto con contenido preciso, es legítimo preguntar si ese concepto es coherente y si el mundo es como sería de esperar si tuviera instancias.

La tradición ha presumido casi siempre que la carga de la prueba recae sobre quien niega. Este artículo rechaza esa asimetría. Quien afirma la existencia de un ser con atributos infinitos asume una tesis fuerte, y quien la examina puede, con los mismos métodos, concluir que es falsa. La tesis aquí defendida es de alcance deliberadamente acotado:

(T) No existe un ser que sea a la vez omnipotente, omnisciente, moralmente perfecto y creador personal del universo.

«Demostrar» (T) no significa ofrecer una deducción inmune a toda réplica, lo cual ninguna tesis filosófica sustantiva logra. Significa mostrar que (T) es la conclusión mejor sustentada por premisas que una persona razonable tiene más motivos para aceptar que para rechazar. Este es el estándar con el que se juzgan también los argumentos teístas.¹

El trabajo se organiza así. La sección 2 precisa el concepto en disputa. La sección 3 desarrolla tres argumentos: incoherencia conceptual, problema del mal y ocultamiento divino. La sección 4 discute las objeciones. La sección 5 concluye.

2. El concepto en disputa

Se entiende por «Dios» el ser descrito por el teísmo clásico y por la mayor parte de la teología filosófica contemporánea, caracterizado por cuatro propiedades:

•         Omnipotencia: capacidad de realizar cualquier estado de cosas lógicamente posible.

•         Omnisciencia: conocimiento de toda proposición verdadera, incluidas las futuras.

•         Bondad perfecta: disposición moral máxima, incapaz de querer o permitir el mal gratuito.

•         Personalidad y creación: es un agente con intenciones que crea y sostiene el mundo.

Esta delimitación es metodológicamente necesaria. Los conceptos vagos («lo sagrado», «el fundamento del ser») son inmunes a la refutación porque no afirman casi nada. Un concepto que afirma mucho, en cambio, corre riesgos, y eso es lo que lo hace evaluable.²

3. Argumentos

3.1. Incoherencia interna de los atributos

a) Omnisciencia e inmutabilidad. Si Dios es omnisciente, conoce en cada momento qué hora es ahora. Si es inmutable, su conocimiento no cambia. Pero lo que es verdad de «ahora» cambia con el tiempo, de modo que un ser inmutable no puede conocer siempre la proposición verdadera sobre el presente. Este argumento, de Kretzmann, muestra que omnisciencia e inmutabilidad son, cuando menos, difícilmente conjugables.³

b) Omnisciencia y libertad. Si Dios conoce infaliblemente hoy lo que yo haré mañana, entonces lo que haré mañana está ya fijado. Si está fijado, mi acción no es libre en el sentido fuerte que el teísmo necesita para responsabilizarme moralmente. El teísmo no puede, por tanto, apelar a la libertad humana como justificación del mal sin tensión con su propia doctrina del conocimiento divino.⁴

c) Bondad perfecta y libertad propia. Un ser moralmente perfecto no puede hacer el mal. Si esa incapacidad es compatible con su libertad, entonces la libertad no exige poder hacer el mal, y se debilita la defensa del libre albedrío que se invoca a propósito de los humanos (véase 4.1).

Estos argumentos no pretenden ser concluyentes por sí solos. Su fuerza es acumulativa: el concepto requiere, para mantenerse, una cadena de reinterpretaciones de sus propios atributos.

3.2. El argumento del mal

Mackie formuló la versión lógica: si Dios es omnipotente y sumamente bueno, eliminaría el mal; hay mal; luego no hay tal Dios.⁵ Plantinga mostró que la versión lógica estricta es refutable mediante la defensa del libre albedrío, pues es posible que un mundo con agentes libres contenga mal sin que Dios pueda evitarlo sin suprimir esa libertad.⁶ La discusión contemporánea se ha desplazado con razón a la versión evidencial, cuyo núcleo es el siguiente:

1.      Existen casos de sufrimiento intenso cuya ocurrencia no parece necesaria para ningún bien mayor ni para evitar un mal igual o peor.

2.      Un ser omnipotente, omnisciente y sumamente bueno evitaría ese sufrimiento salvo que hubiese una razón moralmente suficiente.

3.      Es improbable que haya una razón moralmente suficiente para cada caso.

4.      Por tanto, es improbable que exista tal ser.

Rowe ilustra la premisa 1 con el cervatillo que sufre durante días, abrasado por un incendio forestal provocado por un rayo, sin que nadie lo sepa y sin que de ello se siga ningún bien discernible.⁷ Draper añade un argumento comparativo: los hechos sobre el dolor y el placer en seres sintientes son mucho más esperables bajo la hipótesis de que la naturaleza es indiferente a ellos que bajo la hipótesis teísta.⁸

La fuerza del argumento no depende de que cada caso sea inexplicable, sino de que la hipótesis teísta predice un mundo distinto del que observamos. Este es el punto decisivo: si el teísmo es una hipótesis sobre el mundo, responde ante los datos como cualquier otra.⁹

3.3. El ocultamiento divino

Schellenberg sostiene que un Dios amoroso desearía una relación personal con sus criaturas y estaría en condiciones de hacerla posible para toda persona capaz de ella. Esa relación requiere creer en su existencia. Sin embargo, existe increencia no resistente: personas que buscan honestamente, no se oponen a Dios y, pese a ello, no creen. Un Dios amoroso no permitiría ese estado. Luego, tal Dios no existe.¹⁰

Este argumento tiene una virtud particular: no presupone nada sobre el sufrimiento físico y se apoya en un hecho de amplia evidencia sociológica y biográfica, la distribución geográfica y cultural de las creencias religiosas, que resulta más esperable bajo explicaciones naturalistas de la religión que bajo la hipótesis de un Dios que se comunica con claridad a todos.¹¹

3.4. Parsimonia explicativa

Incluso quien no acepte los argumentos previos como demostrativos puede aceptar uno de racionalidad comparativa. La hipótesis teísta introduce una entidad de complejidad máxima (una mente infinita) para explicar datos, como la existencia y estructura del universo, que otras hipótesis explican con menos supuestos o dejan sin explicar sin pérdida adicional. Cuando una hipótesis cuesta mucho en complejidad y la evidencia ordinaria no la favorece, la posición racional es no aceptarla.¹² Este es el punto en que el argumento pasa de la «ausencia de evidencia» a una razón positiva para la negación, en la medida en que ciertos hechos sí serían evidencia esperable de su existencia.

4. Discusión

4.1. La defensa del libre albedrío

Es la réplica más influyente, y su alcance es real pero limitado. No explica el mal natural (terremotos, enfermedades, sufrimiento animal previo a toda existencia humana), donde no interviene voluntad libre alguna. Tampoco explica por qué la libertad exige la magnitud y la distribución del mal observado. Además, como se vio en 3.1.c, el teísta clásico sostiene que Dios es perfectamente bueno y no puede hacer el mal, y que los bienaventurados gozan de libertad plena sin poder pecar. Si eso es posible, un mundo de agentes libres sin mal moral no es contradictorio, y surge la pregunta de por qué Dios no lo creó.¹³

4.2. El teísmo escéptico

Esta réplica afirma que nuestras capacidades cognitivas son demasiado limitadas para juzgar qué razones podría tener Dios para permitir un mal. Es una respuesta seria, pero tiene costes. Si se generaliza, socava también la confianza en nuestros juicios sobre lo que Dios quiere o prescribe, y con ella el fundamento de la moral religiosa. Además, resulta ad hoc: nadie aplica ese escepticismo a otras hipótesis cuando los datos las desfavorecen.¹⁴

4.3. La apelación al misterio

Decir que los atributos divinos son compatibles por un modo que supera la comprensión humana deja de ser un argumento y se convierte en una decisión de no someter la tesis a escrutinio. Un concepto protegido así de toda refutación queda protegido igualmente de toda confirmación. No es una respuesta a la demostración sino una retirada de la discusión.

4.4. Alcance de la tesis

Conviene subrayar lo que este artículo no demuestra. No refuta un deísmo mínimo, un panteísmo a la manera de Spinoza ni concepciones apofáticas en las que «Dios» no designa un agente. Tampoco sostiene que la creencia religiosa carezca de valor moral, existencial o cultural. Su objeto es un concepto específico, y su tesis es que ese concepto, tal como se formula, no tiene instancias.

4.5. Lo que queda en disputa

Un examen honesto debe reconocer que los argumentos teístas más sofisticados (cosmológicos, de ajuste fino, de la conciencia, de la experiencia religiosa) siguen siendo defendidos con rigor por filósofos profesionales, y que la premisa 3 del argumento evidencial es la más discutida. Quien la rechace habrá de aceptar que el mundo contiene sufrimiento para el cual no conocemos justificación alguna y afirmar, sin embargo, que la hay.¹⁵

5. Conclusión

Los tres argumentos expuestos apuntan en la misma dirección por caminos independientes: la tensión entre los atributos del concepto, la improbabilidad del mundo observado bajo la hipótesis teísta y la existencia de increencia no resistente. Las respuestas disponibles logran restablecer la consistencia lógica, pero a costa de una reducción del concepto o de una inmunización frente a la crítica. La conclusión razonable es que el Dios del teísmo clásico no existe. La tesis se sostiene como conclusión bien fundada, revisable ante nuevos argumentos, y no como certeza.

Notas

1.   Sobre el estándar de «demostración» en metafísica, véase Oppy (2006), cap. 1, que propone evaluar los argumentos por su capacidad de mover a un interlocutor razonable que no los acepta de antemano.

2.   Sobre la necesidad de conceptos de Dios definidos para que la discusión tenga sentido, véase Everitt (2004), introducción, y Swinburne (1979), cap. 1.

3.   Kretzmann (1966). El argumento es discutido; algunos teístas responden adoptando una concepción de la eternidad divina como atemporal.

4.   La tensión entre presciencia y libertad es discutida desde Boecio. Las respuestas modernas incluyen el molinismo y el teísmo abierto, que revisan el concepto de omnisciencia.

5.   Mackie (1955) y, con desarrollo más completo, Mackie (1982).

6.   Plantinga (1974). Buena parte de la literatura posterior acepta que esta defensa refuta la versión lógica del problema.

7.   Rowe (1979).

8.   Draper (1989).

9.   Sobre el teísmo como hipótesis contrastable, véase Martin (1990) y Sobel (2004).

10. Schellenberg (1993) y (2007).

11. Sobre la relación entre distribución cultural de creencias y explicaciones naturalistas de la religión, véase Schellenberg (2007).

12. Sobre simplicidad y teoría de hipótesis, véanse Swinburne (1979), que defiende la simplicidad del teísmo, y Oppy (2006), que lo discute.

13. Mackie (1955) ya señalaba este punto: Dios podría haber creado seres que eligieran libremente el bien siempre.

14. Véase Gale (1991) sobre las dificultades del recurso a la ignorancia humana.

15. Sobre la estructura del debate contemporáneo, véase Oppy (2006).

Bibliografía

Draper, P. (1989). «Pain and Pleasure: An Evidential Problem for Theists». Noûs, 23(3), 331–350.

Drange, T. M. (1998). Nonbelief and Evils: Arguments for the Atheist Side. Prometheus Books.

Everitt, N. (2004). The Non-Existence of God. Routledge.

Gale, R. M. (1991). On the Nature and Existence of God. Cambridge University Press.

Hume, D. (1779). Dialogues Concerning Natural Religion.

Kretzmann, N. (1966). «Omniscience and Immutability». The Journal of Philosophy, 63(14), 409–421.

Mackie, J. L. (1955). «Evil and Omnipotence». Mind, 64(254), 200–212.

Mackie, J. L. (1982). The Miracle of Theism. Clarendon Press.

Martin, M. (1990). Atheism: A Philosophical Justification. Temple University Press.

Oppy, G. (2006). Arguing about Gods. Cambridge University Press.

Plantinga, A. (1974). God, Freedom, and Evil. Harper & Row.

Rowe, W. L. (1979). «The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism». American Philosophical Quarterly, 16(4), 335–341.

Schellenberg, J. L. (1993). Divine Hiddenness and Human Reason. Cornell University Press.

Schellenberg, J. L. (2007). The Wisdom to Doubt: A Justification of Religious Skepticism. Cornell University Press.

Sobel, J. H. (2004). Logic and Theism: Arguments for and against Beliefs in God. Cambridge University Press.

Swinburne, R. (1979). The Existence of God. Clarendon Press.

 

Aclaración final: Este texto es la mejor defensa que ofrecen los partidarios de esta tesis, no un veredicto. Autores como Plantinga, Swinburne o Alexander Pruss sostienen que los argumentos cosmológicos, de ajuste fino u ontológicos hacen racional el teísmo, y que el problema del mal no es concluyente. Los teólogos apofáticos rechazan además que «Dios» sea un ser del tipo que estos argumentos presuponen.



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