(por orden de recepción)
Revista humanista secular que promueve una filosofía y una ética --sin religión-- basadas en la razón y la ciencia. Publicada originalmente por el Movimiento Peruano Humanista Arreligioso (MPHA) y actualmente por el Instituto Humanista Racionalista del Perú (IHURA-PERÚ). Correo-e: humanarazon_peru@yahoo.com
1. Presentación del libro
El libro Dios, la ciencia, las pruebas (título original francés: Dieu,
la science, les preuves, 2021; edición ampliada 2023) reúne una serie de
argumentos —cosmológicos, físicos y biológicos, además de otros de tipo
histórico-testimonial— presentados por sus autores como "pruebas
modernas" de la existencia de un dios creador. Conviene señalar desde el
inicio la formación de los autores, porque condiciona el estatus epistémico de
la obra: Michel-Yves Bolloré es ingeniero informático y empresario, y Olivier
Bonnassies es politécnico con formación en teología y fundador de un portal de
divulgación católica. Ninguno de los dos es físico, cosmólogo o biólogo de
formación, y el libro no fue sometido a revisión por pares ni publicado en un
sello científico, sino en una editorial generalista. Los autores señalan haber
trabajado con el apoyo de una veintena de científicos consultados, pero la obra
es, en su estructura, un ensayo apologético con una tesis fijada de antemano,
no una investigación original.
Esta observación inicial no invalida por sí sola los argumentos —el
origen de las ideas no determina su validez—, pero explica por qué el libro
recurre de forma tan intensiva al argumento de autoridad (en particular,
un capítulo de cien citas de científicos) en lugar de desarrollar un mecanismo
demostrativo propio: sustituye la ausencia de una prueba formal por el
prestigio prestado de terceros.
El argumento central de la primera parte es el siguiente: el universo
tuvo un principio absoluto (el Big Bang); todo lo que empieza a existir requiere
una causa; por lo tanto, esa causa es Dios. Este razonamiento presenta varios
problemas:
•
Salto de "causa" a "agente personal e
inteligente". Aun aceptando que el universo tuvo un origen, de ahí no se
sigue lógicamente que la causa sea un ser consciente y no, por ejemplo, un
proceso físico no intencional que la física aún no describe con precisión en el
régimen de Planck. Es el mismo salto que ya señalaba Kant al analizar la
"prueba cosmológica": en el mejor de los casos, establece un primer principio
abstracto, no el Dios personal que el libro pretende demostrar.
•
El problema de "¿qué causó la causa?" queda
sin resolver, y postular a Dios como excepción a la regla "todo lo que
empieza necesita causa" es una excepción ad hoc, introducida justo cuando
conviene al argumento.
•
Uso cuestionable del teorema de Borde-Guth-Vilenkin
(BGV). El libro lo cita como si demostrara un comienzo absoluto del universo en
sentido metafísico. En realidad, el teorema BGV muestra que un universo en
expansión promedio no puede ser eterno hacia el pasado en el régimen
inflacionario descrito; es compatible con escenarios en los que,
"antes" del Big Bang, opera otra física (cosmología cuántica, modelos
de rebote, etc.), algo que el propio Vilenkin ha reconocido en otros contextos.
•
Las alternativas cosmológicas serias (teoría de
cuerdas, escenarios de multiverso) se descartan con relativa rapidez, casi como
si fueran recursos inventados ad hoc para "evitar" a Dios, cuando en
realidad constituyen programas de investigación activos dentro de la física
teórica, con su propio mérito y sus propios problemas abiertos.
Este es el capítulo más elaborado del libro: se presentan cerca de veinte
constantes físicas cuyos valores permiten la existencia de estructuras
complejas, junto con la clásica analogía del reloj y el relojero (tomada de
Voltaire y, en última instancia, de William Paley), para concluir que solo un
diseñador explica una precisión tan extrema. Los problemas de este argumento están
bien documentados en la filosofía de la ciencia:
•
Sesgo de selección disfrazado de milagro. Es cierto que
si las constantes fueran distintas no existiríamos para observarlas, pero esto
es una tautología —el llamado principio antrópico débil—, no evidencia de
diseño. Solo podemos observar universos compatibles con la existencia de
observadores; no es sorprendente encontrarnos en uno de ellos, del mismo modo
que no es sorprendente haber ganado una lotería si se parte de la certeza de
que fuimos nosotros quienes la ganamos.
•
No existe una "probabilidad" calculable sin
una medida definida sobre el espacio de universos posibles. El libro presenta
cifras como si midieran una probabilidad objetiva de que las constantes
hubiesen surgido "por azar", pero no se conoce la distribución de
probabilidad real de esas constantes —si es que son variables realmente
independientes y no consecuencias necesarias de una teoría más profunda aún no
descubierta.
•
La hipótesis del multiverso se presenta casi como una
huida desesperada de la comunidad científica ante el diseño, cuando en física
teórica surge de razones independientes —inflación eterna, teoría de cuerdas— y
no como un parche introducido solo para negar la existencia de Dios.
•
El "principio antrópico biológico" que se añade
en el capítulo de biología mezcla dos preguntas distintas —cómo son las leyes
físicas y cómo surgió la vida dado ese marco— y las presenta como una sola
cadena de improbabilidades, lo que exagera artificialmente el argumento.
El capítulo dedicado a la biología sostiene que la transición de la
materia inerte a la vida es tan improbable que "no hay lugar para el
azar" y que fue necesaria una "mano invisible". Este
planteamiento reproduce el conocido argumento del "tornado en un
desguace" (formulado originalmente por Fred Hoyle): se calcula la
probabilidad de que una célula moderna completa se ensamble de golpe por azar
puro, y esa cifra —astronómicamente pequeña— se presenta como si fuera la hipótesis
que efectivamente defiende la ciencia.
Ningún modelo serio de abiogénesis propone un ensamblaje de un solo paso.
Los modelos actuales (mundo de ARN, autocatálisis, química prebiótica
progresiva) describen una acumulación gradual de complejidad mediante selección
química, no un sorteo instantáneo. Que hoy no exista un modelo completo y
consensuado sobre el origen de la vida es cierto —se trata de una laguna de
conocimiento genuina—, pero convertir esa laguna en prueba positiva de un
agente diseñador es la falacia clásica conocida como "dios de los
huecos" (god of the gaps). Los propios autores, en entrevistas, niegan
estar apelando a esta falacia argumentando que parten de un "exceso de
conocimiento" y no de un vacío; sin embargo, el contenido mismo del
capítulo la contradice, al fundamentar su conclusión explícitamente en lo que
"nadie sabe cómo pudo haber ocurrido".
Este es, probablemente, el punto metodológicamente más frágil del libro:
•
Selección sesgada (cherry-picking). Reunir cien citas
de científicos favorables a una lectura teísta dice poco sobre el consenso
científico si se ignoran los estudios sistemáticos sobre las creencias de la
comunidad científica. Las encuestas de Larson y Witham entre miembros de la
Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, por ejemplo, muestran tasas de
creencia en un dios personal muy inferiores a las de la población general, un
patrón opuesto al que sugiere un capítulo de cien citas favorables.
•
Descontextualización de citas. El caso más señalado por
los críticos del libro es la frase de Roger Penrose sobre un
"Creador" que debería "apuntar" con una precisión de 1
entre 10 elevado a 10^123. En el texto original, Penrose emplea la palabra
"Creador" como recurso retórico dentro de un experimento mental sobre
la hipótesis de curvatura de Weyl y la entropía inicial del universo, un modo
habitual en física teórica de describir "quién tendría que fijar las
condiciones iniciales"; no constituye una profesión de fe. Penrose se ha
declarado públicamente no creyente en sentido religioso. Incluirlo entre
"cien científicos que creen" tergiversa el sentido original de la
cita.
•
El argumento de autoridad no sustituye al argumento.
Aunque las cien citas fueran fieles a su contexto, la opinión personal de un
premio Nobel sobre metafísica no constituye evidencia científica de esa
metafísica: la autoridad de un físico es sobre física, no sobre teología.
A partir de la tercera parte, el libro abandona por completo el terreno
de las ciencias naturales y entra en exégesis bíblica, historia y milagrología,
presentando estos contenidos bajo el mismo paraguas de "pruebas". El
caso de Fátima (1917) se trata como un hecho verificado, en lugar de como un
fenómeno estudiado por la historiografía y la psicología social —testimonios
masivos, sugestión colectiva, posibles explicaciones atmosféricas del llamado
"milagro del sol" ya propuestas por meteorólogos—. Presentar este
tipo de episodios en el mismo nivel epistémico que las constantes físicas
constituye un salto de categoría: las pruebas históricas y testimoniales no
tienen el mismo estatus que las mediciones físicas replicables, y el libro no
distingue esta diferencia con claridad para el lector.
A lo largo de la obra se repite un mismo patrón: identificar un problema
científico genuino y todavía abierto (el origen del universo, el ajuste fino,
el origen de la vida), reducir las opciones disponibles a solo dos
—"materialismo puro" o "diseño divino"— e ignorar el amplio
espacio intermedio de hipótesis naturalistas aún no resueltas. Se trata de un
falso dilema recurrente. Que la ciencia tenga preguntas sin responder no
convierte automáticamente en "prueba" la respuesta teológica;
demuestra, simplemente, que la investigación científica —como ha ocurrido
siempre— continúa en curso.
Nota metodológica: esta crítica se elaboró a partir de la lectura directa del texto del libro (incluyendo los capítulos sobre el Big Bang, el principio antrópico, la abiogénesis y las cien citas de científicos) y de fuentes externas sobre la recepción de la obra y la formación de sus autores.
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