lunes, 20 de abril de 2026

RESEÑA CRÍTICA: González-Hurtado, José Carlos (2024). "Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios". Barcelona: Roca Bolsillo, pp. 428.

 

Por Manuel A. Paz y Miño Conde, filósofo peruano

El autor, Doctor en Derecho y en Ciencias Económicas y Empresariales, y presidente de la EWTN España, filial de la cadena de televisión católica estadounidense, pretende demostrar en base a la lógica, las matemáticas y las teorías científicas actuales vigentes que Dios existe. Y de esa manera, zanjaría el clásico antagonismo entre ciencia y religión.

Destacan en el libro, de modo general, las reseñas históricas y las explicaciones asequibles para el público general de teorías científicas como la del Big Bang y la evolución que para el autor son las evidencias “científicas” de que Dios existe.

Otro punto destacable del libro es que nos dice brevemente quienes son los muchos científicos e intelectuales, creyentes o no, que cita en los pies de página respectivos.

Mas a lo largo de la obra, también destacan diversas falacias, como los argumentos ad-hominem abusivos o ataques contra los ateos al presentarlos como: desgraciados (p. 21), maniáticos (p. 22), idiotas (p. 28), soberbios (p. 202, n. 3, 423-424), adanistas (p. 227), amorales y pesimistas (p. 273), hombres de fe (p. 337), es decir, los muestra irracionales, ciegos y testarudos ante las pretendidas demostraciones que, según el autor, no deben dejar lugar a la duda ni a la increencia en lo sobrenatural. En definitiva, para él quien no acepta sus supuestos argumentos irrebatibles lo hace por capricho, otra falacia.

De esa manera, comete lo que él mismo critica en los ateos antirreligiosos e intolerantes de la religión que se burlan de los creyentes o los tratan de ignorantes, supersticiosos y fanáticos.

Además, González-Hurtado comete la falacia ad-hominem circunstancial al afirmar que el ateísmo es más un asunto de los académicos de letras que de los científicos (pp. 23-24). Es como, por ejemplo, se pretendiera minimizar a González-Hurtado, que por tener doctorados en derecho y economía, no tiene autoridad para hablarnos de ciencias naturales.

También presenta falacias ad-populum para sustentar su tesis al sostener que: la religiosidad va en aumento en los jóvenes (de los EEUU), “la mayoría de los científicos son teístas…mientras que solo una minoría…se consideran agnósticos y ateos” (pp. 20-21 y también 399-401), o el ateísmo es mundialmente minoritario (p. 23). O el argumento ad-verecundiam o la falacia de la autoridad: muchos grandes científicos han creído en la existencia de Dios, son teístas (pp. 22-23).

Se presenta, de modo semejante a muchos creyentes, como conocedor de la voluntad divina al decir “Si Dios de forma deliberada no mantuviera la existencia de cada uno de nosotros, en ese mismo instante dejaríamos de ser (p. 25).

Rechaza el caso de la vida humana como producto del azar (p. 26). Pero se olvida que en la infinidad de galaxias, sistemas solares, y planetas solo unos cuantos podrían albergar vida incluso semejante a la de la tierra. La misma evolución de la vida en nuestro planeta denota “azar y necesidad” (como Jacques Monod ya nos lo hizo saber en su obra del mismo nombre de 1970).

Menciona la condena a morir en la hoguera de Servet por el protestante Calvino (p. 27) pero no la de la Inquisición católica contra Bruno.

Afirma también que la ciencia, la historia y la lógica pueden arrojar mucha luz sobre las alternativas de cuál es el Dios o la religión verdadera (p. 29). He ahí el meollo del asunto: tratar de comprobar científicamente la existencia de un ser que se supone está más allá de la realidad material y natural que estudia la ciencia, una contradicción.

Dice “no creer en absoluto en un Dios traidor, tirano y vengativo... desde que el hombre anda sobre la tierra tiene tendencia a aplicar a Dios sus propios rasgos, y las propias flaquezas” (p. 35). Pero, ¿no se presenta así al dios del Antiguo Testamento cuando se arrepiente de haber creado al hombre por su inmensa maldad y por eso mandó el diluvio (Génesis 6: 6-7)? ¿O cuando se lee ahí que es un dios celoso, castigador de la desobediencia de los padres hasta la cuarta generación (Éxodo 20:5)? ¿O cuando mando matar no solo a hombres sino también a mujeres, niños y bebés (1 Samuel 15:3)? Es más complicado aceptar la existencia de un ser así que en uno amoroso como el presentado por Nuevo Testamento (Juan 3:16) pero que mantiene su naturaleza justiciera y, por ende, condenatoria (Juan 3:18) e iracunda (Juan 3:36).

El autor habla falazmente de fe atea (pp. 51, 61, 125, 287) o credo ateo (p. 102) equiparando así la creencia religiosa con la postura filosófica negadora de la existencia Dios, que afirma simplemente que no hay pruebas concretas de ésta.

Menciona otra vez falazmente que los nazis alemanes y los fascistas italianos promovían el ateísmo (pp. 96-97, 107). Pero olvida que Pío XI llamó a Mussolini el “Hombre de la Providencia” al propiciar en 1929 la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano, hacer del catolicismo la religión oficial de Italia y dar beneficios económicos a la Iglesia católica; y tampoco recuerda que Pío XII, llamado el Papa de Hitler, calló y fue neutral ante las agresiones criminales de los nazis.

Minimiza la teoría de los multiversos, llamándola “ficción mental para eludir la muerte” (p. 12) y contraria al principio de parsimonia (p. 123). No obstante, si se trata de fantasías para negar el fin de la vida y postular una existencia o consciencia post-mortem, la religión es la más antigua y exitosa, al proporcionar a los creyentes en ella, consuelo y esperanza en el más allá.

Califica de falsedad y “leyenda negra” “que la ciencia está enfrentada a Dios” (p. 135). Pero omite el caso Galileo y las reacciones furibundas contra Darwin por parte de los creyentes, científicos o no, cuando apareció su obra El origen de las especies.

Dice también que “El universo y nuestro mundo es antrópico, es decir, permite el sostenimiento de la vida humana” (p. 152). Y que la ciencia “ha establecido que hay más de doscientos parámetros que son necesarios para que cualquier planeta sea susceptible de albergar vida” (p. 164). Pero, otra vez, no menciona que hay una enorme cantidad de mundos donde no se cumplen esos parámetros y, por ende, no tienen vida y, por lo tanto, habría, alguna cantidad de planetas que sí podrían tenerla, al menos del tipo que conocemos basada en el carbón o en otros elementos como el silicio, por, ejemplo.

González-Hurtado sostiene, al igual que la postura oficial de la Iglesia católica y otras ramas del cristianismo, a excepción de los cristianos fundamentalistas como también los judíos literalistas y los musulmanes, que la evolución es producto de la intervención de Dios (pp. 241-244) pero acepta al mismo tiempo que esta teoría científica “ni aprueba ni desmiente la existencia de Dios” (p. 246). Sin embargo, postular que un ser supremo dirigió la evolución de la materia y la vida puede llevarnos a contradicciones como la siguiente: si la evolución fue dirigida por Dios, entonces gracias a su intervención cayó un meteorito en el Golfo de Yucatán para que se extinguieran los dinosaurios y, de ese modo, los pequeños mamíferos evolucionaron, para dar origen a nuestra especie. Es decir, ¿Dios se equivocó y arrepintió de la existencia de los dinosaurios (así como cuando vio la maldad humana y envió un diluvio universal)? Eso sería más complicado que hacer que evolucionen y surjan los seres humanos sin necesidad de que aparezcan y se exterminen esos grandes reptiles.

Llama monomaniacos a los evolucionistas que “pretenden explicar con la teoría de la evolución toda la realidad, material e inmaterial, …” (p. 264), afirma que “[l]a mayoría de los neoateos” son “furibundos defensores del evolucionismo” (p. 265), y que el evolucionismo lleva al “racismo científico” ya que “las llamadas a sobrevivir, están más evolucionadas y son “superiores” a otras” (íd.). Y si hubo seguidores del dawinismo social de principios del siglo XX que promovieron la eugenesia y el racismo, (p. 272) de ahí no se puede generalizar falazmente diciendo que todos los evolucionistas ateos lo hacen actualmente.

El evolucionismo ateo, asegura, produce “un profundo desdén o incluso desprecio hacia el ser humano” (p. 277) ya que si es “un producto más o menos afortunado de un proceso evolutivo no dirigido, entonces el ser humano es poco más que una cucaracha que puede realizar procesos complejos…” (p. 278). Nuevamente, de la manera como lo dice, presenta a los ateos como asesinos en potencia. Si bien es cierto que somos una especie viviente más, como las miles que hay sobre la tierra, eso no significa que, al no haber un Dios que nos haya creado a su imagen y semejanza, y por ende no seamos “especiales” o superiores a los demás seres vivos en ese sentido, eso no nos quita nuestra dignidad, respeto, derechos y deberes como humanos con respecto a nuestros congéneres, otras especies sintientes e inteligentes y el medio ambiente.

Añade a continuación, no es casual “que prácticamente todos los genocidas hayan sido ateos y que la inmensa mayoría de los holocaustos se hayan practicado en nombre de ideologías ateas” (íd.). Otra vez, no menciona que los nazis, que diezmaron a los judíos, no promovían el ateísmo, de modo semejante a como, en la actualidad, el gobierno fundamentalista de Israel mata no solo a hombres sino también a mujeres y niños palestinos en Gaza.

Declara también que las religiones que creen que Dios creó al hombre “tienen necesariamente que dar más dignidad al ser humano y, por tanto, protegerlo más que si se piensa que no hay nada singular en nuestra especie” (íd.). No obstante, la historia desmiente una y otra vez eso: los europeos cristianos consideraron inferiores a los habitantes de otros continentes y por ello los conquistaron, maltrataron, explotaron y asesinaron. En nombre de la fe de muchas religiones se han producido persecuciones, guerras y masacres como la de católicos contra herejes, paganos, musulmanes y protestantes, musulmanes contra hindúes, etc.

Al mandamiento religioso de no matar “que protege a ancianos, enfermos, niños y bebés, se opone la ideología atea que promueve el infanticidio, aborto, eutanasia, hibridación humana y algunas otras prácticas propias del doctor Mengele” (p. 279). Sin embargo, lo único que proclama el ateísmo es que ningún dios existe, no lo que le achaca. Por otro lado, la consideración que la humana es otra especie más no le quita sus capacidades únicas como tal y, por lo tanto, su valor y dignidad. Y, otra vez, no es necesario ser ateo para matar niños y mujeres embarazadas como lo hicieron los israelitas al mandato, según cuenta la Biblia, de Dios como mencionamos antes.

El autor afirma que “la visión atea es incompatible con la existencia de obligaciones morales” a diferencia de la visión “religiosa” (p. 285). ¿De dónde saca esa conclusión? Las ciencias sociales y la realidad nos indican que las personas son influenciadas por la moral dominante de las sociedades de las que forman parte, a excepción de unos cuantos que no necesariamente son ateos. Es decir, la cultura influencia en sus miembros de ahí que podamos encontrar ateos en medio de mayorías creyentes con prácticas morales semejantes a estos. Ya que el autor muestra algunas estadísticas para apoyarse debe ver las de los delincuentes presos en las cárceles donde se muestra que la mayoría es creyente.

Sobre la propaganda atea “Probablemente no hay Dios. Ahora deja de preocuparte y disfruta de la vida” dice que “[l]a experiencia nos enseña que, cuando se tiene esperanza, la preocupación es infinitamente menor que cuando no se tiene y nada que tenga significado se disfruta menos que aquello que no lo tiene” (p. 286). Pareciera que desconoce que los ateos, como cualquier ser humano, ponen sus esperanzas en diversas cosas e incluso personas mientras viven y así tienen su propio sentido de la vida.

El libro afirma que “la ciencia –y también la biología— impone la idea de Dios” (p. 301), pero eso es una interpretación basada en la creencia. También dice que todos somos religiosos naturalmente (p. 331), pero, ¿qué significa eso? Ciertamente, nacemos con la capacidad de tener creencias en lo sobrenatural como en la de aprendizaje de un lenguaje, ambas capacidades producto de la evolución de nuestra especie, pero si no se dan las condiciones adecuadas para desarrollarlas no seremos creyentes en tal o cual divinidad o incluso no dominaremos un lenguaje humano si no se nos ha criado entre personas.

La aparición de la creencia en lo sobrenatural, producto del desconocimiento y el temor, dio ciertamente en los albores de la humanidad, explicaciones y esperanzas a nuestra especie: el mundo y lo bueno y lo malo que sucedían en él se debían a las fuerzas y deseos de seres invisibles que no podíamos controlar y ante la injusticia, el dolor y la muerte que sucedían, la esperanza de una justicia y una existencia post-mortem servían de consuelo aunque no se los podía probar. Tales creencias, por ende, han ayudado a nuestra especie a sobrevivir desde su aparición y en gran parte de su existencia como tal, son un producto de nuestra evolución biológica y social.

Sustenta falazmente, como de costumbre, además que “[e]l ateísmo es una fe y se practica como una religión” (p. 336) cuando es todo lo contrario: el creyente cree en lo sobrenatural sin pruebas y el incrédulo las pide. Eso sí, si hay ateos intolerantes, que son una minoría, eso puede compararse con los creyentes fanáticos, esto es, la discriminación, la intolerancia y el fanatismo son taras humanas.

Asimismo, sostiene tendenciosamente que el ateísmo “produce infelicidad” y “poblaciones tristes” (p. 341), algo muy subjetivo que la realidad refuta, recordemos sino a países escandinavos como Finlandia o Islandia donde priman el secularismo y la increencia en lo religioso, nombrados los más felices del mundo por el World Happiness Report 2026.

Luego encontramos en la obra una errata: donde dice “hermano de Konrad”, debe decir “hermano de Richard [von Weizsäcker], presidente de la República Federal de Alemania [1984-1994]” (p. 351, n. 57)

Continúa el libro mencionando el caso de Antony Flew, “el filósofo ateo más influyente del mundo” (p. 356) que en el 2004 anunció que “creía en la existencia de un Dios creador” (p. 357). Y ante los ataques que recibió por parte de ateos hasta su muerte dice nuestro autor que “ser ateo es estupefaciente, también es costoso, abandonarlo no es fácil…” (p. 361). Ante este caso controvertido y discutible podemos decir que pasarse al bando contrario no es imposible ni raro, hay no solo los ateos que se convierten sino también los creyentes que se vuelven incrédulos (así como tampoco es raro la manipulación interesada de los dichos de una persona senil). Así que si “el ateo más famoso del mundo” dejó el ateísmo y abrazó la creencia en un dios no es ninguna prueba de la existencia de éste si no del reiterado uso de las falacias por parte de González-Hurtado, en este caso del argumento ad-verecundiam.

Defiende que el ateo, el agnóstico y el ser humano honesto “defiende la verdad dondequiera que esté” y eso lo lleva a convertirse en teísta (pp. 362-363). Y “que las razones para permanecer agnóstico” son “de índole psicológica” (p. 374). De modo similar podríamos decir del creyente: su religión le proporcionan consuelo y esperanza, y sobre todo que lo hace tal es más emocional que racional.

Además, dice que “debemos seguir la ciencia donde nos lleve, incluso si nos lleva a Dios. Esa, nos parece, es la única forma honesta de hacer ciencia” (p. 381). Otra vez, eso es muy subjetivo, es una interpretación tendenciosa. Tratar de probar científicamente que Dios existe es una contradicción ya que de existir un ser así, escaparía al método científico.

Adicionalmente dice “no hay nada en las religiones reveladas [las creencias juedocristianas] que esté enfrentado a la ciencia” [¡!] (p. 351), pero ésta no ha demostrado que: hablen los animales, se haya detenido el sol, Jehová Dios haya engendrado un hijo, resuciten los muertos (después de estar fallecidos días), Cristo haya atravesado una pared, flotado en el aire (sin máquinas) y viva aún, etc. como afirman los textos hebreos y griegos bíblicos. Al contrario, la ciencia ha probado que nuestra especie tiene una gran imaginación y por eso ha creado muchas fábulas, leyendas, mitos y religiones.

En conclusión, la ciencia busca explicar cómo funciona la realidad, y los creyentes creen que un ser superior a ésta la creó, a diferencia de los ateos. Es como observar a los seres vivos o no a nuestro alrededor, como flores, perros, piedras, nubes, etc. y pensar que son producto de una inteligencia divina, que incluso pudo dirigir su evolución, según los creyentes, o de una sin la intervención de dioses, según los ateos. Una misma realidad pero interpretada de dos maneras radicalmente distintas.

Así que si alguien cree en Yavé, Jesucristo, Alá, Ahura Mazda, Krishna, Wiracocha, etc. tiene todo el derecho a hacerlo e incluso a pensar que la ciencia apoya su creencia pero también los ateos tienen derecho a no creer en ninguna divinidad y eso no porque sean ignorantes en la ciencia, la filosofía o carentes de moral, todo lo contrario, e incluso podrían ser más morales que los creyentes al no basar sus acciones en el temor a un castigo o el interés en una recompensa antes o después de la muerte.

El problema fundamental de la humanidad no es si uno o más dioses existen, sino cómo podemos resolver nosotros mismos nuestros problemas, eliminar el hambre y las guerras, por ejemplo, en definitiva, convivir sin destruir nuestro planeta y a nosotros mismos. Y los creyentes en vez de gastar sus energías en probar sin éxito que su dios existe deben hacerlo en practicar las enseñanzas solidarias de sus religiones hacia sus prójimos.

 

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