Por Manuel A. Paz y Miño Conde, filósofo peruano
El autor, Doctor en Derecho y en Ciencias Económicas y Empresariales, y presidente de la EWTN España, filial de la cadena de televisión católica estadounidense, pretende demostrar en base a la lógica, las matemáticas y las teorías científicas actuales vigentes que Dios existe. Y de esa manera, zanjaría el clásico antagonismo entre ciencia y religión.
Destacan en el libro, de modo general, las reseñas
históricas y las explicaciones asequibles para el público general de teorías
científicas como la del Big Bang y la evolución que para el autor son las
evidencias “científicas” de que Dios existe.
Otro punto destacable del libro es que nos dice
brevemente quienes son los muchos científicos e intelectuales, creyentes o no,
que cita en los pies de página respectivos.
Mas a lo largo de la obra, también destacan diversas falacias,
como los argumentos ad-hominem abusivos
o ataques contra los ateos al presentarlos como: desgraciados (p. 21), maniáticos
(p. 22), idiotas (p. 28), soberbios (p. 202, n. 3, 423-424), adanistas (p. 227),
amorales y pesimistas (p. 273), hombres de fe (p. 337), es decir, los muestra irracionales,
ciegos y testarudos ante las pretendidas demostraciones que, según el autor, no
deben dejar lugar a la duda ni a la increencia en lo sobrenatural. En
definitiva, para él quien no acepta sus supuestos argumentos irrebatibles lo
hace por capricho, otra falacia.
De esa manera, comete lo que él mismo critica en los
ateos antirreligiosos e intolerantes de la religión que se burlan de los
creyentes o los tratan de ignorantes, supersticiosos y fanáticos.
Además, González-Hurtado comete la falacia ad-hominem circunstancial al afirmar que
el ateísmo es más un asunto de los académicos de letras que de los científicos
(pp. 23-24). Es como, por ejemplo, se pretendiera minimizar a González-Hurtado,
que por tener doctorados en derecho y economía, no tiene autoridad para
hablarnos de ciencias naturales.
También presenta falacias ad-populum para sustentar su tesis al sostener que: la religiosidad
va en aumento en los jóvenes (de los EEUU), “la mayoría de los científicos son
teístas…mientras que solo una minoría…se consideran agnósticos y ateos” (pp.
20-21 y también 399-401), o el ateísmo es mundialmente minoritario (p. 23). O el
argumento ad-verecundiam o la falacia de la autoridad: muchos grandes
científicos han creído en la existencia de Dios, son teístas (pp. 22-23).
Se presenta, de modo semejante a muchos creyentes, como conocedor de la
voluntad divina al decir “Si Dios de forma deliberada no mantuviera la existencia
de cada uno de nosotros, en ese mismo instante dejaríamos de
ser (p. 25).
Rechaza el caso de la vida humana como producto del azar
(p. 26). Pero se olvida que en la infinidad de galaxias, sistemas solares, y
planetas solo unos cuantos podrían albergar vida incluso semejante a la de la
tierra. La misma evolución de la vida en nuestro planeta denota “azar y
necesidad” (como Jacques Monod ya nos lo hizo saber en su obra del mismo nombre
de 1970).
Menciona la condena a morir en la hoguera de Servet por
el protestante Calvino (p. 27) pero no la de la Inquisición católica contra
Bruno.
Afirma también que la ciencia, la historia y la lógica pueden arrojar mucha luz
sobre las alternativas de cuál es el Dios o la religión verdadera (p. 29). He
ahí el meollo del asunto: tratar de comprobar científicamente la existencia de
un ser que se supone está más allá de la realidad material y natural que
estudia la ciencia, una contradicción.
Dice “no creer en absoluto en un Dios traidor, tirano y vengativo...
desde que el hombre anda sobre la tierra tiene tendencia a aplicar a Dios sus
propios rasgos, y las propias flaquezas” (p. 35). Pero, ¿no se presenta así al
dios del Antiguo Testamento cuando se arrepiente de haber creado al hombre por
su inmensa maldad y por eso mandó el diluvio (Génesis 6: 6-7)? ¿O cuando se lee
ahí que es un dios celoso, castigador de la desobediencia de los padres hasta
la cuarta generación (Éxodo 20:5)? ¿O cuando mando matar no solo a hombres sino
también a mujeres, niños y bebés (1 Samuel 15:3)? Es más complicado aceptar la
existencia de un ser así que en uno amoroso como el presentado por Nuevo Testamento
(Juan 3:16) pero que mantiene su naturaleza justiciera y, por ende, condenatoria
(Juan 3:18) e iracunda (Juan 3:36).
El autor habla falazmente
de fe atea (pp. 51, 61, 125, 287) o credo ateo (p. 102) equiparando así la
creencia religiosa con la postura filosófica negadora de la existencia Dios, que
afirma simplemente que no hay pruebas concretas de ésta.
Menciona otra vez
falazmente que los nazis alemanes y los fascistas italianos promovían el ateísmo
(pp. 96-97, 107). Pero olvida que Pío XI llamó a Mussolini el “Hombre de la
Providencia” al propiciar en 1929 la creación del Estado de la Ciudad del
Vaticano, hacer del catolicismo la religión oficial de Italia y dar beneficios
económicos a la Iglesia católica; y tampoco recuerda que Pío XII, llamado el
Papa de Hitler, calló y fue neutral ante las agresiones criminales de los nazis.
Minimiza la teoría de
los multiversos, llamándola “ficción mental para eludir la muerte” (p. 12) y
contraria al principio de parsimonia (p. 123). No obstante, si se trata de
fantasías para negar el fin de la vida y postular una existencia o consciencia post-mortem,
la religión es la más antigua y exitosa, al proporcionar a los creyentes en
ella, consuelo y esperanza en el más allá.
Califica de falsedad
y “leyenda negra” “que la ciencia está enfrentada a Dios” (p. 135). Pero omite el
caso Galileo y las reacciones furibundas contra Darwin por parte de los
creyentes, científicos o no, cuando apareció su obra El origen de las especies.
Dice también que “El
universo y nuestro mundo es antrópico, es decir, permite el sostenimiento de la
vida humana” (p. 152). Y que la ciencia “ha establecido que hay más de
doscientos parámetros que son necesarios para que cualquier planeta sea
susceptible de albergar vida” (p. 164). Pero, otra vez, no menciona que hay una
enorme cantidad de mundos donde no se cumplen esos parámetros y, por ende, no
tienen vida y, por lo tanto, habría, alguna cantidad de planetas que sí podrían
tenerla, al menos del tipo que conocemos basada en el carbón o en otros
elementos como el silicio, por, ejemplo.
González-Hurtado sostiene, al igual que la postura
oficial de la Iglesia católica y otras ramas del cristianismo, a excepción de
los cristianos fundamentalistas como también los judíos literalistas y los
musulmanes, que la evolución es producto de la intervención de Dios (pp. 241-244)
pero acepta al mismo tiempo que esta teoría científica “ni aprueba ni desmiente
la existencia de Dios” (p. 246). Sin embargo, postular que un ser supremo
dirigió la evolución de la materia y la vida puede llevarnos a contradicciones
como la siguiente: si la evolución fue dirigida por Dios, entonces gracias a su
intervención cayó un meteorito en el Golfo de Yucatán para que se extinguieran
los dinosaurios y, de ese modo, los pequeños mamíferos evolucionaron, para dar
origen a nuestra especie. Es decir, ¿Dios se equivocó y arrepintió de la
existencia de los dinosaurios (así como cuando vio la maldad humana y envió un
diluvio universal)? Eso sería más complicado que hacer que evolucionen y surjan
los seres humanos sin necesidad de que aparezcan y se exterminen esos grandes reptiles.
Llama monomaniacos a los evolucionistas que “pretenden
explicar con la teoría de la evolución toda la realidad, material e inmaterial,
…” (p. 264), afirma que “[l]a mayoría de los neoateos” son “furibundos
defensores del evolucionismo” (p. 265), y que el evolucionismo lleva al
“racismo científico” ya que “las llamadas a sobrevivir, están más evolucionadas
y son “superiores” a otras” (íd.). Y si hubo seguidores del dawinismo social de
principios del siglo XX que promovieron la eugenesia y el racismo, (p. 272) de
ahí no se puede generalizar falazmente diciendo que todos los evolucionistas
ateos lo hacen actualmente.
El evolucionismo ateo, asegura, produce “un profundo
desdén o incluso desprecio hacia el ser humano” (p. 277) ya que si es “un
producto más o menos afortunado de un proceso evolutivo no dirigido, entonces
el ser humano es poco más que una cucaracha que puede realizar procesos
complejos…” (p. 278). Nuevamente, de la manera como lo dice, presenta a los
ateos como asesinos en potencia. Si bien es cierto que somos una especie
viviente más, como las miles que hay sobre la tierra, eso no significa que, al
no haber un Dios que nos haya creado a su imagen y semejanza, y por ende no
seamos “especiales” o superiores a los demás seres vivos en ese sentido, eso no
nos quita nuestra dignidad, respeto, derechos y deberes como humanos con
respecto a nuestros congéneres, otras especies sintientes e inteligentes y el
medio ambiente.
Añade a continuación, no es casual “que prácticamente
todos los genocidas hayan sido ateos y que la inmensa mayoría de los
holocaustos se hayan practicado en nombre de ideologías ateas” (íd.). Otra vez,
no menciona que los nazis, que diezmaron a los judíos, no promovían el ateísmo,
de modo semejante a como, en la actualidad, el gobierno fundamentalista de
Israel mata no solo a hombres sino también a mujeres y niños palestinos en
Gaza.
Declara también que las religiones que creen que Dios
creó al hombre “tienen necesariamente que dar más dignidad al ser humano y, por
tanto, protegerlo más que si se piensa que no hay nada singular en nuestra
especie” (íd.). No obstante, la historia desmiente una y otra vez eso: los
europeos cristianos consideraron inferiores a los habitantes de otros
continentes y por ello los conquistaron, maltrataron, explotaron y asesinaron.
En nombre de la fe de muchas religiones se han producido persecuciones, guerras
y masacres como la de católicos contra herejes, paganos, musulmanes y
protestantes, musulmanes contra hindúes, etc.
Al mandamiento religioso de no matar “que protege a
ancianos, enfermos, niños y bebés, se opone la ideología atea que promueve el
infanticidio, aborto, eutanasia, hibridación humana y algunas otras prácticas
propias del doctor Mengele” (p. 279). Sin embargo, lo único que proclama el
ateísmo es que ningún dios existe, no lo que le achaca. Por otro lado, la
consideración que la humana es otra especie más no le quita sus capacidades
únicas como tal y, por lo tanto, su valor y dignidad. Y, otra vez, no es
necesario ser ateo para matar niños y mujeres embarazadas como lo hicieron los
israelitas al mandato, según cuenta la Biblia, de Dios como mencionamos antes.
El autor afirma que “la visión atea es incompatible con
la existencia de obligaciones morales” a diferencia de la visión “religiosa”
(p. 285). ¿De dónde saca esa conclusión? Las ciencias sociales y la realidad
nos indican que las personas son influenciadas por la moral dominante de las
sociedades de las que forman parte, a excepción de unos cuantos que no
necesariamente son ateos. Es decir, la cultura influencia en sus miembros de
ahí que podamos encontrar ateos en medio de mayorías creyentes con prácticas
morales semejantes a estos. Ya que el autor muestra algunas estadísticas para
apoyarse debe ver las de los delincuentes presos en las cárceles donde se
muestra que la mayoría es creyente.
Sobre la propaganda atea “Probablemente no hay Dios.
Ahora deja de preocuparte y disfruta de la vida” dice que “[l]a experiencia nos
enseña que, cuando se tiene esperanza, la preocupación es infinitamente menor
que cuando no se tiene y nada que tenga significado se disfruta menos que
aquello que no lo tiene” (p. 286). Pareciera que desconoce que los ateos, como
cualquier ser humano, ponen sus esperanzas en diversas cosas e incluso personas
mientras viven y así tienen su propio sentido de la vida.
El libro afirma que “la ciencia –y también la biología—
impone la idea de Dios” (p. 301), pero eso es una interpretación basada en la
creencia. También dice que todos somos religiosos naturalmente (p. 331), pero, ¿qué
significa eso? Ciertamente, nacemos con la capacidad de tener creencias en lo
sobrenatural como en la de aprendizaje de un lenguaje, ambas capacidades
producto de la evolución de nuestra especie, pero si no se dan las condiciones
adecuadas para desarrollarlas no seremos creyentes en tal o cual divinidad o incluso
no dominaremos un lenguaje humano si no se nos ha criado entre personas.
La aparición de la creencia en lo sobrenatural, producto
del desconocimiento y el temor, dio ciertamente en los albores de la humanidad,
explicaciones y esperanzas a nuestra especie: el mundo y lo bueno y lo malo que
sucedían en él se debían a las fuerzas y deseos de seres invisibles que no podíamos
controlar y ante la injusticia, el dolor y la muerte que sucedían, la esperanza
de una justicia y una existencia post-mortem servían de consuelo aunque
no se los podía probar. Tales creencias, por ende, han ayudado a nuestra
especie a sobrevivir desde su aparición y en gran parte de su existencia como
tal, son un producto de nuestra evolución biológica y social.
Sustenta falazmente, como de costumbre, además que “[e]l
ateísmo es una fe y se practica como una religión” (p. 336) cuando es todo lo
contrario: el creyente cree en lo sobrenatural sin pruebas y el incrédulo las
pide. Eso sí, si hay ateos intolerantes, que son una minoría, eso puede
compararse con los creyentes fanáticos, esto es, la discriminación, la
intolerancia y el fanatismo son taras humanas.
Asimismo, sostiene tendenciosamente que el ateísmo
“produce infelicidad” y “poblaciones tristes” (p. 341), algo muy subjetivo que
la realidad refuta, recordemos sino a países escandinavos como Finlandia o
Islandia donde priman el secularismo y la increencia en lo religioso, nombrados
los más felices del mundo por el World Happiness Report 2026.
Luego encontramos en la obra una errata: donde dice
“hermano de Konrad”, debe decir “hermano de Richard [von Weizsäcker],
presidente de la República Federal de Alemania [1984-1994]” (p. 351, n. 57)
Continúa el libro mencionando el caso de Antony Flew, “el
filósofo ateo más influyente del mundo” (p. 356) que en el 2004 anunció que
“creía en la existencia de un Dios creador” (p. 357). Y ante los ataques que
recibió por parte de ateos hasta su muerte dice nuestro autor que “ser ateo es
estupefaciente, también es costoso, abandonarlo no es fácil…” (p. 361). Ante
este caso controvertido y discutible podemos decir que pasarse al bando
contrario no es imposible ni raro, hay no solo los ateos que se convierten sino
también los creyentes que se vuelven incrédulos (así como tampoco es raro la
manipulación interesada de los dichos de una persona senil). Así que si “el
ateo más famoso del mundo” dejó el ateísmo y abrazó la creencia en un dios no
es ninguna prueba de la existencia de éste si no del reiterado uso de las
falacias por parte de González-Hurtado, en este caso del argumento ad-verecundiam.
Defiende que el ateo, el agnóstico y el ser humano
honesto “defiende la verdad dondequiera que esté” y eso lo lleva a convertirse
en teísta (pp. 362-363). Y “que las razones para permanecer agnóstico” son “de
índole psicológica” (p. 374). De modo similar podríamos decir del creyente: su
religión le proporcionan consuelo y esperanza, y sobre todo que lo hace tal es
más emocional que racional.
Además, dice que “debemos seguir la ciencia donde nos
lleve, incluso si nos lleva a Dios. Esa, nos parece, es la única forma honesta
de hacer ciencia” (p. 381). Otra vez, eso es muy subjetivo, es una
interpretación tendenciosa. Tratar de probar científicamente que Dios existe es
una contradicción ya que de existir un ser así, escaparía al método científico.
Adicionalmente dice “no hay nada en las religiones
reveladas [las creencias juedocristianas] que esté enfrentado a la ciencia”
[¡!] (p. 351), pero ésta no ha demostrado que: hablen los animales, se haya detenido
el sol, Jehová Dios haya engendrado un hijo, resuciten los muertos (después de
estar fallecidos días), Cristo haya atravesado una pared, flotado en el aire
(sin máquinas) y viva aún, etc. como afirman los textos hebreos y griegos
bíblicos. Al contrario, la ciencia ha probado que nuestra especie tiene una
gran imaginación y por eso ha creado muchas fábulas, leyendas, mitos y
religiones.
En conclusión, la ciencia busca explicar cómo funciona la realidad, y los
creyentes creen que un ser superior a ésta la creó, a diferencia de los ateos.
Es como observar a los seres vivos o no a nuestro alrededor, como flores,
perros, piedras, nubes, etc. y pensar que son producto de una inteligencia
divina, que incluso pudo dirigir su evolución, según los creyentes, o de una
sin la intervención de dioses, según los ateos. Una misma realidad pero
interpretada de dos maneras radicalmente distintas.
Así que si alguien cree en Yavé, Jesucristo, Alá, Ahura Mazda, Krishna,
Wiracocha, etc. tiene todo el derecho a hacerlo e incluso a pensar que la
ciencia apoya su creencia pero también los ateos tienen derecho a no creer en
ninguna divinidad y eso no porque sean ignorantes en la ciencia, la filosofía o
carentes de moral, todo lo contrario, e incluso podrían ser más morales que los
creyentes al no basar sus acciones en el temor a un castigo o el interés en una
recompensa antes o después de la muerte.
El problema fundamental de la humanidad no es si uno o más dioses existen,
sino cómo podemos resolver nosotros mismos nuestros problemas, eliminar el
hambre y las guerras, por ejemplo, en definitiva, convivir sin destruir nuestro
planeta y a nosotros mismos. Y los creyentes en vez de gastar sus energías en
probar sin éxito que su dios existe deben hacerlo en practicar las enseñanzas
solidarias de sus religiones hacia sus prójimos.