(por orden de recepción)
Revista humanista secular que promueve una filosofía y una ética --sin religión-- basadas en la razón y la ciencia. Publicada originalmente por el Movimiento Peruano Humanista Arreligioso (MPHA) y actualmente por el Instituto Humanista Racionalista del Perú (IHURA-PERÚ). Correo-e: humanarazon_peru@yahoo.com
1. Presentación del libro
El libro Dios, la ciencia, las pruebas (título original francés: Dieu,
la science, les preuves, 2021; edición ampliada 2023) reúne una serie de
argumentos —cosmológicos, físicos y biológicos, además de otros de tipo
histórico-testimonial— presentados por sus autores como "pruebas
modernas" de la existencia de un dios creador. Conviene señalar desde el
inicio la formación de los autores, porque condiciona el estatus epistémico de
la obra: Michel-Yves Bolloré es ingeniero informático y empresario, y Olivier
Bonnassies es politécnico con formación en teología y fundador de un portal de
divulgación católica. Ninguno de los dos es físico, cosmólogo o biólogo de
formación, y el libro no fue sometido a revisión por pares ni publicado en un
sello científico, sino en una editorial generalista. Los autores señalan haber
trabajado con el apoyo de una veintena de científicos consultados, pero la obra
es, en su estructura, un ensayo apologético con una tesis fijada de antemano,
no una investigación original.
Esta observación inicial no invalida por sí sola los argumentos —el
origen de las ideas no determina su validez—, pero explica por qué el libro
recurre de forma tan intensiva al argumento de autoridad (en particular,
un capítulo de cien citas de científicos) en lugar de desarrollar un mecanismo
demostrativo propio: sustituye la ausencia de una prueba formal por el
prestigio prestado de terceros.
El argumento central de la primera parte es el siguiente: el universo
tuvo un principio absoluto (el Big Bang); todo lo que empieza a existir requiere
una causa; por lo tanto, esa causa es Dios. Este razonamiento presenta varios
problemas:
•
Salto de "causa" a "agente personal e
inteligente". Aun aceptando que el universo tuvo un origen, de ahí no se
sigue lógicamente que la causa sea un ser consciente y no, por ejemplo, un
proceso físico no intencional que la física aún no describe con precisión en el
régimen de Planck. Es el mismo salto que ya señalaba Kant al analizar la
"prueba cosmológica": en el mejor de los casos, establece un primer principio
abstracto, no el Dios personal que el libro pretende demostrar.
•
El problema de "¿qué causó la causa?" queda
sin resolver, y postular a Dios como excepción a la regla "todo lo que
empieza necesita causa" es una excepción ad hoc, introducida justo cuando
conviene al argumento.
•
Uso cuestionable del teorema de Borde-Guth-Vilenkin
(BGV). El libro lo cita como si demostrara un comienzo absoluto del universo en
sentido metafísico. En realidad, el teorema BGV muestra que un universo en
expansión promedio no puede ser eterno hacia el pasado en el régimen
inflacionario descrito; es compatible con escenarios en los que,
"antes" del Big Bang, opera otra física (cosmología cuántica, modelos
de rebote, etc.), algo que el propio Vilenkin ha reconocido en otros contextos.
•
Las alternativas cosmológicas serias (teoría de
cuerdas, escenarios de multiverso) se descartan con relativa rapidez, casi como
si fueran recursos inventados ad hoc para "evitar" a Dios, cuando en
realidad constituyen programas de investigación activos dentro de la física
teórica, con su propio mérito y sus propios problemas abiertos.
Este es el capítulo más elaborado del libro: se presentan cerca de veinte
constantes físicas cuyos valores permiten la existencia de estructuras
complejas, junto con la clásica analogía del reloj y el relojero (tomada de
Voltaire y, en última instancia, de William Paley), para concluir que solo un
diseñador explica una precisión tan extrema. Los problemas de este argumento están
bien documentados en la filosofía de la ciencia:
•
Sesgo de selección disfrazado de milagro. Es cierto que
si las constantes fueran distintas no existiríamos para observarlas, pero esto
es una tautología —el llamado principio antrópico débil—, no evidencia de
diseño. Solo podemos observar universos compatibles con la existencia de
observadores; no es sorprendente encontrarnos en uno de ellos, del mismo modo
que no es sorprendente haber ganado una lotería si se parte de la certeza de
que fuimos nosotros quienes la ganamos.
•
No existe una "probabilidad" calculable sin
una medida definida sobre el espacio de universos posibles. El libro presenta
cifras como si midieran una probabilidad objetiva de que las constantes
hubiesen surgido "por azar", pero no se conoce la distribución de
probabilidad real de esas constantes —si es que son variables realmente
independientes y no consecuencias necesarias de una teoría más profunda aún no
descubierta.
•
La hipótesis del multiverso se presenta casi como una
huida desesperada de la comunidad científica ante el diseño, cuando en física
teórica surge de razones independientes —inflación eterna, teoría de cuerdas— y
no como un parche introducido solo para negar la existencia de Dios.
•
El "principio antrópico biológico" que se añade
en el capítulo de biología mezcla dos preguntas distintas —cómo son las leyes
físicas y cómo surgió la vida dado ese marco— y las presenta como una sola
cadena de improbabilidades, lo que exagera artificialmente el argumento.
El capítulo dedicado a la biología sostiene que la transición de la
materia inerte a la vida es tan improbable que "no hay lugar para el
azar" y que fue necesaria una "mano invisible". Este
planteamiento reproduce el conocido argumento del "tornado en un
desguace" (formulado originalmente por Fred Hoyle): se calcula la
probabilidad de que una célula moderna completa se ensamble de golpe por azar
puro, y esa cifra —astronómicamente pequeña— se presenta como si fuera la hipótesis
que efectivamente defiende la ciencia.
Ningún modelo serio de abiogénesis propone un ensamblaje de un solo paso.
Los modelos actuales (mundo de ARN, autocatálisis, química prebiótica
progresiva) describen una acumulación gradual de complejidad mediante selección
química, no un sorteo instantáneo. Que hoy no exista un modelo completo y
consensuado sobre el origen de la vida es cierto —se trata de una laguna de
conocimiento genuina—, pero convertir esa laguna en prueba positiva de un
agente diseñador es la falacia clásica conocida como "dios de los
huecos" (god of the gaps). Los propios autores, en entrevistas, niegan
estar apelando a esta falacia argumentando que parten de un "exceso de
conocimiento" y no de un vacío; sin embargo, el contenido mismo del
capítulo la contradice, al fundamentar su conclusión explícitamente en lo que
"nadie sabe cómo pudo haber ocurrido".
Este es, probablemente, el punto metodológicamente más frágil del libro:
•
Selección sesgada (cherry-picking). Reunir cien citas
de científicos favorables a una lectura teísta dice poco sobre el consenso
científico si se ignoran los estudios sistemáticos sobre las creencias de la
comunidad científica. Las encuestas de Larson y Witham entre miembros de la
Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, por ejemplo, muestran tasas de
creencia en un dios personal muy inferiores a las de la población general, un
patrón opuesto al que sugiere un capítulo de cien citas favorables.
•
Descontextualización de citas. El caso más señalado por
los críticos del libro es la frase de Roger Penrose sobre un
"Creador" que debería "apuntar" con una precisión de 1
entre 10 elevado a 10^123. En el texto original, Penrose emplea la palabra
"Creador" como recurso retórico dentro de un experimento mental sobre
la hipótesis de curvatura de Weyl y la entropía inicial del universo, un modo
habitual en física teórica de describir "quién tendría que fijar las
condiciones iniciales"; no constituye una profesión de fe. Penrose se ha
declarado públicamente no creyente en sentido religioso. Incluirlo entre
"cien científicos que creen" tergiversa el sentido original de la
cita.
•
El argumento de autoridad no sustituye al argumento.
Aunque las cien citas fueran fieles a su contexto, la opinión personal de un
premio Nobel sobre metafísica no constituye evidencia científica de esa
metafísica: la autoridad de un físico es sobre física, no sobre teología.
A partir de la tercera parte, el libro abandona por completo el terreno
de las ciencias naturales y entra en exégesis bíblica, historia y milagrología,
presentando estos contenidos bajo el mismo paraguas de "pruebas". El
caso de Fátima (1917) se trata como un hecho verificado, en lugar de como un
fenómeno estudiado por la historiografía y la psicología social —testimonios
masivos, sugestión colectiva, posibles explicaciones atmosféricas del llamado
"milagro del sol" ya propuestas por meteorólogos—. Presentar este
tipo de episodios en el mismo nivel epistémico que las constantes físicas
constituye un salto de categoría: las pruebas históricas y testimoniales no
tienen el mismo estatus que las mediciones físicas replicables, y el libro no
distingue esta diferencia con claridad para el lector.
A lo largo de la obra se repite un mismo patrón: identificar un problema
científico genuino y todavía abierto (el origen del universo, el ajuste fino,
el origen de la vida), reducir las opciones disponibles a solo dos
—"materialismo puro" o "diseño divino"— e ignorar el amplio
espacio intermedio de hipótesis naturalistas aún no resueltas. Se trata de un
falso dilema recurrente. Que la ciencia tenga preguntas sin responder no
convierte automáticamente en "prueba" la respuesta teológica;
demuestra, simplemente, que la investigación científica —como ha ocurrido
siempre— continúa en curso.
Nota metodológica: esta crítica se elaboró a partir de la lectura directa del texto del libro (incluyendo los capítulos sobre el Big Bang, el principio antrópico, la abiogénesis y las cien citas de científicos) y de fuentes externas sobre la recepción de la obra y la formación de sus autores.
Por Manuel A. Paz y Miño Conde, filósofo peruano
El autor, Doctor en Derecho y en Ciencias Económicas y Empresariales, y presidente de la EWTN España, filial de la cadena de televisión católica estadounidense, pretende demostrar en base a la lógica, las matemáticas y las teorías científicas actuales vigentes que Dios existe. Y de esa manera, zanjaría el clásico antagonismo entre ciencia y religión.
Destacan en el libro, de modo general, las reseñas
históricas y las explicaciones asequibles para el público general de teorías
científicas como la del Big Bang y la evolución que para el autor son las
evidencias “científicas” de que Dios existe.
Otro punto destacable del libro es que nos dice
brevemente quienes son los muchos científicos e intelectuales, creyentes o no,
que cita en los pies de página respectivos.
Mas a lo largo de la obra, también destacan diversas falacias,
como los argumentos ad-hominem abusivos
o ataques contra los ateos al presentarlos como: desgraciados (p. 21), maniáticos
(p. 22), idiotas (p. 28), soberbios (p. 202, n. 3, 423-424), adanistas (p. 227),
amorales y pesimistas (p. 273), hombres de fe (p. 337), es decir, los muestra irracionales,
ciegos y testarudos ante las pretendidas demostraciones que, según el autor, no
deben dejar lugar a la duda ni a la increencia en lo sobrenatural. En
definitiva, para él quien no acepta sus supuestos argumentos irrebatibles lo
hace por capricho, otra falacia.
De esa manera, comete lo que él mismo critica en los
ateos antirreligiosos e intolerantes de la religión que se burlan de los
creyentes o los tratan de ignorantes, supersticiosos y fanáticos.
Además, González-Hurtado comete la falacia ad-hominem circunstancial al afirmar que
el ateísmo es más un asunto de los académicos de letras que de los científicos
(pp. 23-24). Es como, por ejemplo, se pretendiera minimizar a González-Hurtado,
que por tener doctorados en derecho y economía, no tiene autoridad para
hablarnos de ciencias naturales.
También presenta falacias ad-populum para sustentar su tesis al sostener que: la religiosidad
va en aumento en los jóvenes (de los EEUU), “la mayoría de los científicos son
teístas…mientras que solo una minoría…se consideran agnósticos y ateos” (pp.
20-21 y también 399-401), o el ateísmo es mundialmente minoritario (p. 23). O el
argumento ad-verecundiam o la falacia de la autoridad: muchos grandes
científicos han creído en la existencia de Dios, son teístas (pp. 22-23).
Se presenta, de modo semejante a muchos creyentes, como conocedor de la
voluntad divina al decir “Si Dios de forma deliberada no mantuviera la existencia
de cada uno de nosotros, en ese mismo instante dejaríamos de
ser (p. 25).
Rechaza el caso de la vida humana como producto del azar
(p. 26). Pero se olvida que en la infinidad de galaxias, sistemas solares, y
planetas solo unos cuantos podrían albergar vida incluso semejante a la de la
tierra. La misma evolución de la vida en nuestro planeta denota “azar y
necesidad” (como Jacques Monod ya nos lo hizo saber en su obra del mismo nombre
de 1970).
Menciona la condena a morir en la hoguera de Servet por
el protestante Calvino (p. 27) pero no la de la Inquisición católica contra
Bruno.
Afirma también que la ciencia, la historia y la lógica pueden arrojar mucha luz
sobre las alternativas de cuál es el Dios o la religión verdadera (p. 29). He
ahí el meollo del asunto: tratar de comprobar científicamente la existencia de
un ser que se supone está más allá de la realidad material y natural que
estudia la ciencia, una contradicción.
Dice “no creer en absoluto en un Dios traidor, tirano y vengativo...
desde que el hombre anda sobre la tierra tiene tendencia a aplicar a Dios sus
propios rasgos, y las propias flaquezas” (p. 35). Pero, ¿no se presenta así al
dios del Antiguo Testamento cuando se arrepiente de haber creado al hombre por
su inmensa maldad y por eso mandó el diluvio (Génesis 6: 6-7)? ¿O cuando se lee
ahí que es un dios celoso, castigador de la desobediencia de los padres hasta
la cuarta generación (Éxodo 20:5)? ¿O cuando mando matar no solo a hombres sino
también a mujeres, niños y bebés (1 Samuel 15:3)? Es más complicado aceptar la
existencia de un ser así que en uno amoroso como el presentado por Nuevo Testamento
(Juan 3:16) pero que mantiene su naturaleza justiciera y, por ende, condenatoria
(Juan 3:18) e iracunda (Juan 3:36).
El autor habla falazmente
de fe atea (pp. 51, 61, 125, 287) o credo ateo (p. 102) equiparando así la
creencia religiosa con la postura filosófica negadora de la existencia Dios, que
afirma simplemente que no hay pruebas concretas de ésta.
Menciona otra vez
falazmente que los nazis alemanes y los fascistas italianos promovían el ateísmo
(pp. 96-97, 107). Pero olvida que Pío XI llamó a Mussolini el “Hombre de la
Providencia” al propiciar en 1929 la creación del Estado de la Ciudad del
Vaticano, hacer del catolicismo la religión oficial de Italia y dar beneficios
económicos a la Iglesia católica; y tampoco recuerda que Pío XII, llamado el
Papa de Hitler, calló y fue neutral ante las agresiones criminales de los nazis.
Minimiza la teoría de
los multiversos, llamándola “ficción mental para eludir la muerte” (p. 12) y
contraria al principio de parsimonia (p. 123). No obstante, si se trata de
fantasías para negar el fin de la vida y postular una existencia o consciencia post-mortem,
la religión es la más antigua y exitosa, al proporcionar a los creyentes en
ella, consuelo y esperanza en el más allá.
Califica de falsedad
y “leyenda negra” “que la ciencia está enfrentada a Dios” (p. 135). Pero omite el
caso Galileo y las reacciones furibundas contra Darwin por parte de los
creyentes, científicos o no, cuando apareció su obra El origen de las especies.
Dice también que “El
universo y nuestro mundo es antrópico, es decir, permite el sostenimiento de la
vida humana” (p. 152). Y que la ciencia “ha establecido que hay más de
doscientos parámetros que son necesarios para que cualquier planeta sea
susceptible de albergar vida” (p. 164). Pero, otra vez, no menciona que hay una
enorme cantidad de mundos donde no se cumplen esos parámetros y, por ende, no
tienen vida y, por lo tanto, habría, alguna cantidad de planetas que sí podrían
tenerla, al menos del tipo que conocemos basada en el carbón o en otros
elementos como el silicio, por, ejemplo.
González-Hurtado sostiene, al igual que la postura
oficial de la Iglesia católica y otras ramas del cristianismo, a excepción de
los cristianos fundamentalistas como también los judíos literalistas y los
musulmanes, que la evolución es producto de la intervención de Dios (pp. 241-244)
pero acepta al mismo tiempo que esta teoría científica “ni aprueba ni desmiente
la existencia de Dios” (p. 246). Sin embargo, postular que un ser supremo
dirigió la evolución de la materia y la vida puede llevarnos a contradicciones
como la siguiente: si la evolución fue dirigida por Dios, entonces gracias a su
intervención cayó un meteorito en el Golfo de Yucatán para que se extinguieran
los dinosaurios y, de ese modo, los pequeños mamíferos evolucionaron, para dar
origen a nuestra especie. Es decir, ¿Dios se equivocó y arrepintió de la
existencia de los dinosaurios (así como cuando vio la maldad humana y envió un
diluvio universal)? Eso sería más complicado que hacer que evolucionen y surjan
los seres humanos sin necesidad de que aparezcan y se exterminen esos grandes reptiles.
Llama monomaniacos a los evolucionistas que “pretenden
explicar con la teoría de la evolución toda la realidad, material e inmaterial,
…” (p. 264), afirma que “[l]a mayoría de los neoateos” son “furibundos
defensores del evolucionismo” (p. 265), y que el evolucionismo lleva al
“racismo científico” ya que “las llamadas a sobrevivir, están más evolucionadas
y son “superiores” a otras” (íd.). Y si hubo seguidores del dawinismo social de
principios del siglo XX que promovieron la eugenesia y el racismo, (p. 272) de
ahí no se puede generalizar falazmente diciendo que todos los evolucionistas
ateos lo hacen actualmente.
El evolucionismo ateo, asegura, produce “un profundo
desdén o incluso desprecio hacia el ser humano” (p. 277) ya que si es “un
producto más o menos afortunado de un proceso evolutivo no dirigido, entonces
el ser humano es poco más que una cucaracha que puede realizar procesos
complejos…” (p. 278). Nuevamente, de la manera como lo dice, presenta a los
ateos como asesinos en potencia. Si bien es cierto que somos una especie
viviente más, como las miles que hay sobre la tierra, eso no significa que, al
no haber un Dios que nos haya creado a su imagen y semejanza, y por ende no
seamos “especiales” o superiores a los demás seres vivos en ese sentido, eso no
nos quita nuestra dignidad, respeto, derechos y deberes como humanos con
respecto a nuestros congéneres, otras especies sintientes e inteligentes y el
medio ambiente.
Añade a continuación, no es casual “que prácticamente
todos los genocidas hayan sido ateos y que la inmensa mayoría de los
holocaustos se hayan practicado en nombre de ideologías ateas” (íd.). Otra vez,
no menciona que los nazis, que diezmaron a los judíos, no promovían el ateísmo,
de modo semejante a como, en la actualidad, el gobierno fundamentalista de
Israel mata no solo a hombres sino también a mujeres y niños palestinos en
Gaza.
Declara también que las religiones que creen que Dios
creó al hombre “tienen necesariamente que dar más dignidad al ser humano y, por
tanto, protegerlo más que si se piensa que no hay nada singular en nuestra
especie” (íd.). No obstante, la historia desmiente una y otra vez eso: los
europeos cristianos consideraron inferiores a los habitantes de otros
continentes y por ello los conquistaron, maltrataron, explotaron y asesinaron.
En nombre de la fe de muchas religiones se han producido persecuciones, guerras
y masacres como la de católicos contra herejes, paganos, musulmanes y
protestantes, musulmanes contra hindúes, etc.
Al mandamiento religioso de no matar “que protege a
ancianos, enfermos, niños y bebés, se opone la ideología atea que promueve el
infanticidio, aborto, eutanasia, hibridación humana y algunas otras prácticas
propias del doctor Mengele” (p. 279). Sin embargo, lo único que proclama el
ateísmo es que ningún dios existe, no lo que le achaca. Por otro lado, la
consideración que la humana es otra especie más no le quita sus capacidades
únicas como tal y, por lo tanto, su valor y dignidad. Y, otra vez, no es
necesario ser ateo para matar niños y mujeres embarazadas como lo hicieron los
israelitas al mandato, según cuenta la Biblia, de Dios como mencionamos antes.
El autor afirma que “la visión atea es incompatible con
la existencia de obligaciones morales” a diferencia de la visión “religiosa”
(p. 285). ¿De dónde saca esa conclusión? Las ciencias sociales y la realidad
nos indican que las personas son influenciadas por la moral dominante de las
sociedades de las que forman parte, a excepción de unos cuantos que no
necesariamente son ateos. Es decir, la cultura influencia en sus miembros de
ahí que podamos encontrar ateos en medio de mayorías creyentes con prácticas
morales semejantes a estos. Ya que el autor muestra algunas estadísticas para
apoyarse debe ver las de los delincuentes presos en las cárceles donde se
muestra que la mayoría es creyente.
Sobre la propaganda atea “Probablemente no hay Dios.
Ahora deja de preocuparte y disfruta de la vida” dice que “[l]a experiencia nos
enseña que, cuando se tiene esperanza, la preocupación es infinitamente menor
que cuando no se tiene y nada que tenga significado se disfruta menos que
aquello que no lo tiene” (p. 286). Pareciera que desconoce que los ateos, como
cualquier ser humano, ponen sus esperanzas en diversas cosas e incluso personas
mientras viven y así tienen su propio sentido de la vida.
El libro afirma que “la ciencia –y también la biología—
impone la idea de Dios” (p. 301), pero eso es una interpretación basada en la
creencia. También dice que todos somos religiosos naturalmente (p. 331), pero, ¿qué
significa eso? Ciertamente, nacemos con la capacidad de tener creencias en lo
sobrenatural como en la de aprendizaje de un lenguaje, ambas capacidades
producto de la evolución de nuestra especie, pero si no se dan las condiciones
adecuadas para desarrollarlas no seremos creyentes en tal o cual divinidad o incluso
no dominaremos un lenguaje humano si no se nos ha criado entre personas.
La aparición de la creencia en lo sobrenatural, producto
del desconocimiento y el temor, dio ciertamente en los albores de la humanidad,
explicaciones y esperanzas a nuestra especie: el mundo y lo bueno y lo malo que
sucedían en él se debían a las fuerzas y deseos de seres invisibles que no podíamos
controlar y ante la injusticia, el dolor y la muerte que sucedían, la esperanza
de una justicia y una existencia post-mortem servían de consuelo aunque
no se los podía probar. Tales creencias, por ende, han ayudado a nuestra
especie a sobrevivir desde su aparición y en gran parte de su existencia como
tal, son un producto de nuestra evolución biológica y social.
Sustenta falazmente, como de costumbre, además que “[e]l
ateísmo es una fe y se practica como una religión” (p. 336) cuando es todo lo
contrario: el creyente cree en lo sobrenatural sin pruebas y el incrédulo las
pide. Eso sí, si hay ateos intolerantes, que son una minoría, eso puede
compararse con los creyentes fanáticos, esto es, la discriminación, la
intolerancia y el fanatismo son taras humanas.
Asimismo, sostiene tendenciosamente que el ateísmo
“produce infelicidad” y “poblaciones tristes” (p. 341), algo muy subjetivo que
la realidad refuta, recordemos sino a países escandinavos como Finlandia o
Islandia donde priman el secularismo y la increencia en lo religioso, nombrados
los más felices del mundo por el World Happiness Report 2026.
Luego encontramos en la obra una errata: donde dice
“hermano de Konrad”, debe decir “hermano de Richard [von Weizsäcker],
presidente de la República Federal de Alemania [1984-1994]” (p. 351, n. 57)
Continúa el libro mencionando el caso de Antony Flew, “el
filósofo ateo más influyente del mundo” (p. 356) que en el 2004 anunció que
“creía en la existencia de un Dios creador” (p. 357). Y ante los ataques que
recibió por parte de ateos hasta su muerte dice nuestro autor que “ser ateo es
estupefaciente, también es costoso, abandonarlo no es fácil…” (p. 361). Ante
este caso controvertido y discutible podemos decir que pasarse al bando
contrario no es imposible ni raro, hay no solo los ateos que se convierten sino
también los creyentes que se vuelven incrédulos (así como tampoco es raro la
manipulación interesada de los dichos de una persona senil). Así que si “el
ateo más famoso del mundo” dejó el ateísmo y abrazó la creencia en un dios no
es ninguna prueba de la existencia de éste si no del reiterado uso de las
falacias por parte de González-Hurtado, en este caso del argumento ad-verecundiam.
Defiende que el ateo, el agnóstico y el ser humano
honesto “defiende la verdad dondequiera que esté” y eso lo lleva a convertirse
en teísta (pp. 362-363). Y “que las razones para permanecer agnóstico” son “de
índole psicológica” (p. 374). De modo similar podríamos decir del creyente: su
religión le proporcionan consuelo y esperanza, y sobre todo que lo hace tal es
más emocional que racional.
Además, dice que “debemos seguir la ciencia donde nos
lleve, incluso si nos lleva a Dios. Esa, nos parece, es la única forma honesta
de hacer ciencia” (p. 381). Otra vez, eso es muy subjetivo, es una
interpretación tendenciosa. Tratar de probar científicamente que Dios existe es
una contradicción ya que de existir un ser así, escaparía al método científico.
Adicionalmente dice “no hay nada en las religiones
reveladas [las creencias juedocristianas] que esté enfrentado a la ciencia”
[¡!] (p. 351), pero ésta no ha demostrado que: hablen los animales, se haya detenido
el sol, Jehová Dios haya engendrado un hijo, resuciten los muertos (después de
estar fallecidos días), Cristo haya atravesado una pared, flotado en el aire
(sin máquinas) y viva aún, etc. como afirman los textos hebreos y griegos
bíblicos. Al contrario, la ciencia ha probado que nuestra especie tiene una
gran imaginación y por eso ha creado muchas fábulas, leyendas, mitos y
religiones.
En conclusión, la ciencia busca explicar cómo funciona la realidad, y los
creyentes creen que un ser superior a ésta la creó, a diferencia de los ateos.
Es como observar a los seres vivos o no a nuestro alrededor, como flores,
perros, piedras, nubes, etc. y pensar que son producto de una inteligencia
divina, que incluso pudo dirigir su evolución, según los creyentes, o de una
sin la intervención de dioses, según los ateos. Una misma realidad pero
interpretada de dos maneras radicalmente distintas.
Así que si alguien cree en Yavé, Jesucristo, Alá, Ahura Mazda, Krishna,
Wiracocha, etc. tiene todo el derecho a hacerlo e incluso a pensar que la
ciencia apoya su creencia pero también los ateos tienen derecho a no creer en
ninguna divinidad y eso no porque sean ignorantes en la ciencia, la filosofía o
carentes de moral, todo lo contrario, e incluso podrían ser más morales que los
creyentes al no basar sus acciones en el temor a un castigo o el interés en una
recompensa antes o después de la muerte.
El problema fundamental de la humanidad no es si uno o más dioses existen,
sino cómo podemos resolver nosotros mismos nuestros problemas, eliminar el
hambre y las guerras, por ejemplo, en definitiva, convivir sin destruir nuestro
planeta y a nosotros mismos. Y los creyentes en vez de gastar sus energías en
probar sin éxito que su dios existe deben hacerlo en practicar las enseñanzas
solidarias de sus religiones hacia sus prójimos.
Lincoln Lavado Landeo[1]
Hasta hace poco
era universalmente aceptado que el descubrimiento de la agricultura y la
domesticación de animales había permitido al Homo sapiens generar los primeros asentamientos que luego se
convirtieron en ciudades y más tarde en civilizaciones. Este cambio fue tan
importante que se consideró como el paso del Paleolítico al Neolítico.
Otro concepto
relacionado era que en estos asentamientos tempranos se fue generando las
primeras religiones que dieron lugar posteriormente a la construcción de
templos. Se consideraba que al no tener que cazar ni recolectar todos los días,
los hombres tendrían más tiempo para pensar e inventar no sólo herramientas,
sino también conceptos mágico-religiosos más complejos que expliquen los
fenómenos que los rodeaban.
Toda esta teoría
ha comenzado a cambiar con el importante hallazgo en Göbeklitepe, un
lugar ubicado al sudeste de la actual Turquía. Allí, en 1995, el prestigioso
arqueólogo alemán Klaus
Schmidt encontró un conjunto de pilares de roca en forma de “T” de cinco y
medio metros de altura rodeados de círculos de piedra.
Se
llama “paquete neolítico” a la transición de la vida de cazadores-recolectores a asentamientos, el
descubrimiento de la agricultura y ganadería, la producción de cerámica y
hachas de piedra pulidas, y a progresos tecnológicos tales como el adobe.
Importancia de Göbeklitepe
Göbeklitepe es el
lugar de culto religioso más antiguo del mundo descubierto hasta la fecha.
Hasta antes que comenzaran estas excavaciones no se consideraba posible un
complejo de este tamaño para un grupo humano tan antiguo. Estos hallazgos han generado
algunos cambios y transformaciones marcando un punto de inflexión en la historia
humana, lo que ha conducido a reconsiderar los acontecimientos conocidos en el
Neolítico.
Hasta antes de este descubrimiento, el Neolítico se definía como el
periodo en el que se generalizó el asentamiento permanente basado en la
agricultura y la ganadería, lo que produjo cambios en la dieta y en las
herramientas.
Pero parece ser que los
cazadores-recolectores sí tuvieron la capacidad para la construcción de
complejos monumentales y no, como anteriormente se creía, que este tipo de
edificaciones se inició más tarde entre las comunidades sedentarias de
agricultores.
Las monumentales
estructuras y el avanzado simbolismo desenterrado en este yacimiento ha
revelado que hubo un importante desarrollo no solo en términos de dieta y
tecnología, sino también con relación al pensamiento abstracto y simbolismo.
Klaus Schmidt, quien condujo la excavación arqueológica de Göbeklitepe, sugirió que los pobladores que construyeron el lugar provenían de diferentes comunidades y se reunían aquí en ciertas temporadas para construir las áreas sagradas, por eso sostuvo: “Primero llegó el templo, después la ciudad”.
Schmidt
planteó que aquí se realizaban prácticas chamánicas, sugiriendo que los pilares
de piedra en forma de T podrían representar criaturas míticas, incluso
ancestros. Se ha observado gran profundidad en su mundo espiritual, así como en
sus preocupaciones vitales cotidianas.
Lo más
interesante de este yacimiento es que las personas que hicieron Göbeklitepe
seguían siendo comunidades de cazadores-recolectores, pero con un rico mundo
simbólico, un orden social complejo y con la necesidad de construir estructuras
monumentales especiales aparte de sus viviendas de uso diario.
Se han encontrado gran cantidad de huesos de
animales en el yacimiento y eso parece indicar que en el templo se celebraban
banquetes. Estos banquetes requerían
comida abundante, de allí pudo partir la
idea de dominar la naturaleza, de tener la capacidad de producir alimento sin
limitarse a la caza y recolección.
Según esta teoría, los antiguos seminómadas adoptaron la agricultura para abastecer las celebraciones que tenían lugar en el templo. Lo que significaría que lo que propició la aparición de la agricultura fueron las ideas mágico-religiosas.
¿Cómo es Göbekli Tepe?
El yacimiento está constituido por
monolitos en forma de T rodeados de muros de piedra que forman estructuras
circulares u ovaladas. Los monolitos están decorados con relieves de animales y
pictogramas sagrados tallados. Están representados muchos animales, tales como,
jabalíes, zorros, leones, toros, gacelas,
serpientes y otros reptiles, insectos, arañas, buitres y aves acuáticas. No hay
representaciones de cacerías, de animales heridos, ni de algún tipo de
violencia organizada.
En
algunas de estas columnas en forma de T hay brazos grabados que podrían
representar humanos estilizados o seres antropomorfos.
Pero estos pilares no poseen rostro, ojos, nariz, ni boca, por eso Schmidt
pensaba que pertenecen a la vida espiritual, quizás sean los primeros dioses
que representó la humanidad. También aparece un cuerpo decapitado rodeado por
buitres.
Además de las excavaciones arqueológicas se han
hecho varios estudios geoeléctricos y geomagnéticos. Gracias a estas pruebas ha
sido posible establecer que existen al menos diez estructuras monumentales más,
bajo el piso sin haber sido excavadas. Aunque las funciones definidas de estas
sigue siendo un tema controvertido, la posición de los pilares de piedras y la
monumentalidad de las estructuras sugiere que eran estructuras especiales
construidas con el objetivo de reunirse, en lugar de ser viviendas para la vida
diaria.
Preguntas sin responder
En la actualidad Göbeklitepe
suscita más preguntas que respuestas. Para tallar y erigir estos enormes
pilares hizo falta una enorme cantidad de mano de obra a la que hubo que
mantener, pero no se sabe cómo un grupo humano tan grande fue movilizado y
alimentado en las condiciones sociales previas al Neolítico.
Tampoco se sabe con precisión qué significaban los relieves
animales ni los pictogramas. Quizás las criaturas talladas en los pilares
recreaban la atmósfera del oscuro mundo del más allá. Pero la
variedad de fauna encontrada hace difícil concebir una sola explicación.
Pudieron haber sido concebidos para conjurar demonios a través de alguna forma
de representación mágica o podrían haber servido como totems. No se sabe.
Finalmente, la
razón por la que el complejo fue enterrado permanece sin explicación y hasta
que no se acumulen más evidencias será muy difícil deducir nada realmente
cierto acerca de la cultura que originó este yacimiento.
Bibliografía
1.
Akdamar Ali. Göbelitepe. One of the most important
archaeological discoveries in the human history. Anadolu Kulturel
Girimcilik, Istambul, 2024.
2.
Banning, E.B. So fair a house: Göbekli Tepe and the identification of temples in
the Pre-Pottery Neolithic of the Near East. Current Anthropology 52(5), 2011.
3. Dietrich, O., Köksal-Schmidt, C., Notroff, J &
Schmidt, K., Göbekli Tepe. Preliminary
report on the 2012 and 2013 excavation season. Neo-Lithics 1, 2014.
4. Haklay, Gil, Geometry and Architectural Planning at Göbekli Tepe, Turkey. Cambridge Archaeological Journal 30 (2), 2020.
5. Schmidt, K. Göbekli Tepe – The Stone Age sanctuaries. New results of ongoing excavations with a special focus on sculptures and high reliefs. Documenta Praehistorica 37. 2010.
6. Schmidt, K. Göbekli Tepe and the early Neolithic sites of the Urfa region: a synopsis of new results and current views. Neo-Lithics 1(1), 2011.
[1] Médico cirujano por
la Universidad Nacional Federico Villarreal, Especialista en Oftalmología,
Doctor en Filosofía y Doctor en Ciencias Sociales (con mención en Antropología)
por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), Doctor en Medicina por
la Universidad de San Martín de Porres, y Profesor Principal de la Facultad de
Medicina de la UNMSM.
Video del autor en Göbeklitepe
José Luis Herrera[1]
Correo-e: newton1729@hotmail.com
Resumen
En este trabajo analizaremos
si algunas cualidades definitorias de dios son coherentes y posibles. Para
lograr nuestro objetivo enfrentaremos la pregunta del pensador inglés Geoffrey
Berg sobre el mismo tema. El trabajo nos llevará a desarrollar una paradoja y
su correspondiente interpretación.
Palabras claves: Paradoja, omnisciencia, eternidad, Berg, Marcos 24:35
Introducción
En Marcos 24: 35 dice “el cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán” este versículo implica que la palabra de Jesús se
cumplirá no importa el tiempo que pase. Esto nos habla de un poder absoluto de
dios, poder que es eterno, de omnisciencia, pues puede saber lo que pasará y de
una omnipotencia, pues nada de lo que podamos hacer o pueda suceder en la
naturaleza impedirá que se cumpla su palabra. Este versículo es una declaración
de las cualidades de dios.
Los seres
humanos ciertamente no hablamos así, cuando prometemos algo como “te entregaré
el artículo el sábado” es claro que podría haber algún inconveniente como “el
director pidió la programación anual y no pude terminar el artículo”. Jesús usa
palabras humanas, pero ciertamente no habla como hombre, para manifestar la
gloria de dios él debe, usando palabras humanas, decir algo divino, por esa
razón el versículo señalado es en realidad una metáfora del poder absoluto de
dios, es una lucha por expresar lo inexpresable de su divinidad.
Si nosotros,
los simples mortales, deseamos hacer una promesa seria decimos algo como “haré P
salvo que L” y el interlocutor entendería que hemos hecho un esfuerzo por ser
honestos y mostrar nuestras limitaciones (de tiempo, dinero, etc.). Esta L es
el motivo principal por el que podría incumplir P, pues todos entienden, por el
simple hecho de ser mortal que en cualquier momento podría enfermar o incluso
morir y que incluso la humanidad en su conjunto podría sufrir de terremotos,
inundaciones etc. o aun peor la extinción por un meteorito, un agujero negro
etc. Todo esto lo sabemos y simplemente no lo mencionamos por ser obvio, pero
si una persona muy meticulosa nos exigiera nombrar todas las posibles
limitaciones seguro estaríamos en un aprieto, pues la lista sería muy larga.
Lo cierto es
que para que se incumpla una promesa basta una sola razón y no el conjunto de
todas las posibles razones. Supongamos que la razón por la cual no cumplimos
nuestra promesa es Lp, entonces nuestra promesa honesta quedaría de la forma
“hare P salvo que Lp” donde
La expresión “hare P salvo Lp” es también una declaración de nuestra limitación, implícito esta que no puedo evitar Lp. También es una declaración de mi poder, pues ciertamente puedo hacer P, salvo un caso. Por esta razón nuestro interlocutor puede inferir que “si cumple con P entonces no Lp” o poniéndolo en un lenguaje lógico:
“P ⤑ ~Lp”
Dependiendo
del P todos tenemos varios
Por otro lado,
también hacemos declaraciones de saber como: “Juan conoce la dirección de
María” o “María conoce la vida amorosa de Juan”, y como el conocimiento se
expresa mediante proposiciones podemos decir de una forma más general que “X
conoce P”
El conocer es algo
muy complejo así que buscaremos sustituirlo. En lugar de hablar de toda una
persona como el señor “X” hablaremos del conocimiento de X el cual se puede
expresar con proposiciones. Estas proposiciones se pueden escribir en una fila,
la cual claro sería muy larga. ¿Qué significa que alguien tiene todo ese
conocimiento? Significa que puede afirmar la verdad de cada uno de ellos.
Digamos que tengo
dos verdades por afirmar: P y Q. ¿Cómo puedo afirmar ambas? Existe una forma
muy simple, haciendo conjunción de ellas P˄Q. Por este método,
el método conjuntivo, se podría reunir todas las afirmaciones de una persona,
bastará para ello hacer una conjunción muy, muy larga.
Sea esa conjunción P1 ˄ P2 ˄ P3 ˄ ... aquella que refleje el conocimiento de una persona, dado que el resultado de una conjunción es una proposición podemos nombrar toda esa conjunción con la proposición C
C =
Ahora estamos
preparados para representar la proposición “X conoce P”.
Si conozco P
entonces puedo inferir P, pues P⤑P
Si conozco P ˄ Q puedo inferir P,
pues (P ˄ Q) ⤑P
Si conozco P ˄ Q ˄ R puedo inferir P,
pues (P ˄ Q ˄ R) ⤑ P
Y podemos seguir así
con cualquier cantidad de proposiciones, en buen castellano esto significa que
quien sabe un conjunto de cosas sabe una de ellas. A este tipo de inferencias
se les llama inmediatas, pues no precisa más que de una premisa para hacer la
inferencia, en cambio las inferencias se llaman mediatas cuando precisamos de
varias premisas para inferir.
Si Pi es una de las proposiciones que definen C entonces se cumplirá que C⤑Pi, para no utilizar subíndices usaremos la notación C⤑P, donde P es una variable y C es constante, pues aun cuando el conocimiento varía también permanece constante por periodos cortos, como el periodo en el que se ejecuta la pregunta.
Bajo este esquema, ¿cómo
representaríamos la ignorancia? Bueno X ignoraría P siempre que no lo infiere.
Un límite al conocimiento de X sería que no infiere P o que infiere su
negación.
¿En qué caso no
inferimos? No inferimos cuando nuestro conocimiento es incompleto o no
conocemos el tema, pero si conocemos el tema y no es posible inferirlo eso se
debe a que inferimos lo contrario, su opuesto. En el caso de dios no existiría
nada que no pudiera ser inferido de forma inmediata, puesto que lo conoce todo.
Luego C⤑P, sería válido para
todo P. Nosotros, simples mortales, conocemos muchas cosas por inferencia
mediata, esto es, justamente porque no conocemos de forma inmediata, pero dios
sí, de modo que su inferencia solo puede ser inmediata.
La pregunta de Berg
El pensador inglés Geoffrey Berg ha planteado el problema
de saber si las cualidades de dios son en sí contradictorias o coherentes. Para
enfrentar esta cuestión elabora detalles en el planteamiento de la pregunta. Lo
hace para varios conceptos como eternidad, omnisciencia, omnipotencia, creador
no creado etc.
A
continuación, desarrollaré la pregunta de Berg para el caso de la omnisciencia,
aun cuando lo desarrolló para todos los casos. Nosotros nos limitaremos a ese
caso por razones de espacio, pero el desarrollo de los otros casos es muy
similar.
Berg se pregunta,
¿cómo puede saber un ser omnisciente si realmente lo es, tomando en cuenta que
una de las limitaciones de su omnisciencia sería justamente incluir el no saber
que tiene dicha limitación de saber? El ser que podría ser omnisciente no
tendría, sin embargo, forma de saberlo y, por lo tanto, no podría ser dios. Se
trata de una pregunta muy astuta y profunda.
Berg no se
limita, sin embargo, a la pregunta y elabora conceptualmente una serie de
niveles de omnisciencia, un dios, por ejemplo, podría saber todo sobre su nivel
y aun así no saber si su nivel está incluido en otro mayor que lo envuelve y
subordina, y sobre el cual no sabe nada, ni siquiera que pertenece a él. Por
otro lado, si supiera de este otro podría haber un tercero y, así sucesivamente,
una serie de niveles.
Berg nos
pregunta, ¿podría un ser, dadas estas condiciones, ser omnisciente?
Paradojas de dios
Las cualidades de dios son varias (eterno, omnisciente,
omnipotente, creador no creado etc. Nosotros haremos la paradoja para la
omnisciencia, pero para las otras cualidades es muy semejante, por motivos de
brevedad no las incluyo.
Construiré
una paradoja para el caso de la omnisciencia. Imaginemos un ser que sabe
absolutamente todo lo que se puede preguntar sobre el ámbito que conoce, que es
todo lo que él puede comprobar que existe, aun faltaría saber si su
conocimiento es omnisciente. Es aquí que hacemos la pregunta de Berg, ¿puede
este ser demostrar su omnisciencia?
Sea “C” el conocimiento que tiene el ser de la pregunta de Berg, Lp la proposición “El límite del conocimiento de C es la proposición P”, como el conocimiento de dios podría estar limitado de muchas formas y a muchos niveles “P” es una variable mientras que “C” es una constante, pues el conocimiento de dios es todo el conocimiento que hay y no necesita ni corregirse ni variar.
En el caso de dios
se cumplirá las siguientes características:
1. C no está limitado, es decir que: C⤑~Lp
En otras palabras:
Si C es verdadero entonces no es el caso que
2. C sabe que no está limitado, luego tendrá el conocimiento de su no limitación, es decir, que se cumplirá que: C⤑ (C⤑~Lp)
Una hipótesis
auxiliar para poder examinar esta situación es asumir que técnicamente existe
el tipo de conocimiento que supone Berg en su pregunta, es decir, que existe C,
para poder analizar si dicho conocimiento es realmente coherente o
contradictorio. Luego asumimos que:
3. C existe
Pero por lógica
sabemos que:
1. C (Hipótesis auxiliar)
2. (C ˄
3. ~(~C ˅~Lp) ˅ C (De 2 y De Morgan)
4. ~(C ⤑~Lp) ˅ C (De 3 y definición de condicional)
5. (C ⤑~Lp) ⤑ C (De 4 definición de condicional)
6. C = (C ⤑~Lp) ⤑ C (De 1, 2, 3, 4 y 5 y por identidad)
De modo que la
condición 3, de las condiciones de un ser omnisciente, se puede reescribir como:
4. (C ⤑~Lp) ⤑ C
Luego por 2
y 4 tendríamos que:
C = (C ⤑~Lp)
Expresión que resume
las condiciones que tendría que tener un conocimiento C para ser omnisciente.
Ahora que hemos
formalizado las condiciones que debería tener un conocimiento ilimitado,
podemos analizar si dichas condiciones no son contradictorias o si en su
defecto son coherentes.
Primero
demostraremos que tales condiciones son formalmente paradójicas:
Demostración
formal de la paradoja
P = P⤑~Lp por absurdo
Dem.
1. P = P ⤑ ~Lp (Hipótesis auxiliar)
2. P es falso (Hipótesis del absurdo)
3. ~P (De 2 y por esquema de Tarski)
4. ~(P⤑~Lp) (De 1 y 3 y por identidad)
5. P ˄
6. P (De 5 y por simplificación)
7. ~P ˄ P (De 3 y6 y adición )
8. (P es falso) ⤑ (~P ˄ P) (Por
prueba y 2 y 7)
9. ~ (P es
falso) (Reducción
al absurdo)
10. P es verdadero (De 9 y
por negación)
Si P es falso
encontramos una contradicción, veamos entonces que pasa si P es verdadero, que
es la única posibilidad que queda.
Dem.
1. P = P ⤑ ~Lp (Hipótesis auxiliar)
2. P es
verdad (Hipótesis del
absurdo)
3. P ⤑ ~Lp (De 1 y 2 y identidad)
4. P (De 2 y por Tarski)
5. ~Lp (De 3 y 4 y por MP)
Este resultado,
tomado sin interpretar, es decir, solo como proposiciones de las cuales no
conocemos su contenido, es paradójico. Porque de la expresión se deduce siempre
la verdad de la proposición ~
Si aceptáramos la expresión P=P⤑~Lp, como parte de un sistema deductivo en dicho sistema podríamos derivar cualquier proposición, incluso falsas lo cual, obviamente. Haría inútil el sistema, después de todo los sistemas lógicos son instrumentos para lograr el rigor en el conocimiento, si un sistema permite a perdido su rigor se dice que se ha trivializado. La expresión que define el conocimiento ilimitado trivializa el sistema, es por ello que no puede aceptarse como parte de uno y es por eso que se le llama paradójico.
Interpretación
Lo que es, sin
embargo, una paradoja lógica formal, una vez interpretada como conocimiento de
dios, deja de serlo.
La paradoja nos
indica que a partir de la expresión se puede deducir como verdadero cualquier ~Lp, pero como los ~Lp literalmente
significan que “no es cierto que tal
proposición limite el conocimiento de dios” y cómo podemos tomar cualquier
proposición por
Cualquier expresión
que tomemos como límite del conocimiento de dios será falsa. En otras palabras,
el conocimiento de dios es ilimitado, pues ninguna proposición que sea
verdadera dejaría de ser conocida por dios. Dios solo no conocería las
proposiciones que fueran falsas o mejor dicho, no tendría por conocimiento algo
que es errado.
Conclusión
1. La paradoja de dios no es ciertamente una paradoja,
por el contrario, demuestra coherencia y, por ello, la posibilidad de que dios
exista.
2. Aun cuando formalmente es una paradoja, por cierto,
nueva, una vez que se le interpreta deja de serlo y, por el contrario, pasa a
ser una demostración de la posibilidad de un ser con dicha cualidad.
3. A través de los siglos los creyentes han tratado de
demostrar que dios existe, sin éxito. Por esa razón pensé que ya era hora de que
un ateo lo intentara y me parece que di en el clavo, las cualidades
definitorias de dios no son incoherentes (eterno, omnisciente, omnipotente
etc.). No siendo incoherentes sus cualidades, dios puede existir.
4. Formalmente la paradoja P = P⤑ ~R solo dice que “si es cierto lo que digo, entonces es
falsa una proposición cualquiera R”, lo cual es sumamente contradictorio, de
hecho, si se le incluyera en un sistema formal lo trivializaría (como hemos
visto en la demostración), sin embargo, si dicho conocimiento representa el
conocimiento de dios esta trivialización sería justamente de esperarse, porque
los sistemas formales son limitados.
5. Una forma de disolver esta paradoja sería aplicando la
teoría de los tipos. Simplemente habría que decir que un nivel es el
conocimiento del todo y otro nivel le corresponde al conocimiento de que dicho
“conocimiento no está limitado”, una cosa sería el conocimiento y otra hablar
del conocimiento. Sin embargo, si se hiciera esta crítica (dado que el
conocimiento de dios debe cumplir dichas características obligadamente), lo que
se haría es simplemente prohibir que se hable del conocimiento omnisciente, es
decir, prohibir tocar el tema.
6. En efecto, el tema, es decir, el conocimiento de dios,
es lo tratado, pero lo que dios sabe sobre su conocimiento es también parte del
conocimiento de dios. Justamente un dios debe ser omnisciente, esto es, que no
necesita meditar sobre su conocimiento para saber que este es omnisciente, ¡al
contrario!, simplemente lo sabe. Simplemente forma parte de sus conocimientos,
de “lo que piensa de sus conocimientos”, por esta razón no estaría en el
metalenguaje (que es lenguaje sobre el lenguaje, pensar sobre lo que pienso)
sino que sería parte del mismo lenguaje. Aquí no se aplica la teoría de los
tipos.
Las
redes sociales han mostrado una enorme cantidad de debates entre creyentes y
ateos. Debates muchas veces subidos de tono y muy pasionales no exentos de
insultos, pero también muchas veces salpicados de buenos argumentos de ambas
partes. En dicho contexto, la construcción del anterior argumento pienso que es
una contribución al debate.
El
argumento es lo suficientemente simple para ser entendido por cualquier persona
con un poco de paciencia, no necesita de conocimientos especiales de lógica
avanzada.
Si
bien el argumento aboga por un ser con las cualidades de dios, no por ello se
ha demostrado la existencia de dicho ser ni la existencia de dios. Simplemente
se ha demostrado que no es una idea incoherente.
¿Qué
si yo pienso si existe dios o no? Pienso que no es importante. Más importante
es que aquí se presenta una paradoja nueva, una que dice que un ser como dios
si podría existir, bon appetit.
A modo de bibliografía puedo recomendar algunos libros.
Si digo a modo de bibliografía es porque no es una acabada de la que se podría
citar, ni en la práctica he necesitado de ella realmente (salvo el libro de
Berg, que me inspiró mucho para este trabajo). Escribo de memoria y solo
después pienso en las influencias, ¿existe otro modo de escribir? No lo sé,
pero pienso que esta es la forma humana de hacerlo e ir contra la forma natural
(que por algo lo será) es muy posiblemente tonto. De modo que lo que presento
abajo no es una bibliografía sino unas sugerencias para seguir leyendo.
1. Algebra de A. Baldor, un libro muy conocido.
2. Las seis vías del ateísmo de Geoffrey Berg.
3. La Biblia, cualquier versión.
4. Lógica matemática de Ferrater Mora y Hugues
LeBlanc (¡Qué hermoso libro!).
5. La paradoja de Curry: un examen crítico, tesis
doctoral de Rafael Mora, UNMSM (cualquier amante de las paradojas debería
leerlo).
Lima, enero-diciembre, 2026 Contenido (por orden de recepción) Reseña crítica: González-Hurtado, José Carlos (2024). Nuevas evidencias ci...